A la hora de los sueños, de Vicente Barrantes.




Aprieta el trotón el paso
al llegar al cementerio,
grazna la corneja triste
aúlla medroso el perro,
la luna se envuelve en nubes,
y hace la cruz el viajero;
que es un crimen en los vivos
el despertar a los muertos.


La campana soñolienta
da la hora de los sueños
y bajan sobre las tumbas
las almas que van al cielo.
¡Ay del indiscreto amante!
¡Ay del amante indiscreto!
que los muertos no perdonan
a quien despierta a los muertos.


¿Por qué el amor es tan santo,
audaz y profano siendo?
¿Por qué el enlutado amante
penetra en el cementerio?
“¡Ay! Porque -aquí yace Laura-
en aquella tumba Leo,
y no es crimen en los vivos
el adorar a los muertos”.