Poesía pastoril y de la naturaleza de Juan
Meléndez Valdés.
ODA
ANACREÓNTICA XLIII
DE
LA NOCHE
¿Dó está,
graciosa noche,
tu triste faz y el miedo
que a los mortales causa
tu lóbrego silencio?
¿Dó está
el horror,
el luto del delicado velo
con que del sol nos cubres
el lánguido reflejo?
¡Cuán otra, cuán
hermosa
te miro yo, que huyendo
del popular rüido
la dulce paz deseo!
Tus sombras, ¡qué
süaves!
¡Cuán puro es el
contento
de las tranquilas horas
de tu dichoso imperio!
Ya extático los ojos
alzando, el alto cielo
mi espíritu arrebata
en pos de sus luceros;
ya en el vecino bosque
los fijo y con un tierno
pavor sus negros chopos e
n formas mil contemplo;
ya me distraigo al silbo
con que entre blando juego
los más flexibles ramos
agita manso el viento.
Su rueda plateada
la luna va subiendo
por las opuestas cimas
con plácido sosiego.
Ora una débil nube
que le salió al
encuentro
de trasparente gasa
le cubre el rostro bello.
Ora en su solio augusto
baña de luz el suelo,
tranquila y apacible
como lo está mi pecho.
Ora finge en las ondas
del líquido arroyuelo
mil luces que con ellas
parecen ir corriendo.
Él se apresura en tanto
y a regalado sueño
los ojos solicita
con un murmullo lento.
Las flores de otra parte
un ámbar lisonjero
derraman y al sentido
dan mil placeres nuevos.
¿Dó estás,
viola amable,
que con temor modesto
sólo a la noche fías
tu embalsamado seno?
¡Ay! ¡Cómo
en él se duerme
con plácido meneo,
ya de volar cansado,
el céfiro travieso!
¿Pero qué voz
süave
en amoroso duelo l
as sombras enternece
con ayes halagüeños?
¡Oh ruiseñor
cuitado!
tu delicado acento,
tus trinos melodiosos,
tu revolar inquieto
me dicen los dolores
de tu sensible afecto.
¡Felice tú, que
sabes
tan dulce encarecerlo!
¡Oh! ¡goce yo
contino,
goce tu voz, y al eco
me duerma de tus quejas
sin sustos ni recelos!