Los Gramáticos: historia chinesca, de Juan Pablo Forner.




FAMOSA CONTIENDA DEL GRAMÁTICO CON UN PICARÓN QUE TUBO EL ATREVIMIENTO DE LLAMARLE ASNO


Traduxo, en fin, nuestro Chu-su o forjó a su modo el gran poema de La Música. Como él sabía mui bien que el gran mérito intrínseco de los escritos consiste en que se extracten y aplaudan en muchos diarios, mercurios, gacetas y efemérides, por más que quieran decir algunos maldicientes que muchos destos escritores de a seis quartos por oja ganan su vida a adular o vituperar, alegando en prueba el exemplo de Frelón en La escocesa, comedia del piadoso e inocente Voltaire trasladada al castellano por yo no sé quién, ello es que como nuestro Chu-su sabía, buelbo a decir, que una obra que logra ser pasada por cien o más diarios, como por cien o más alambiques, no puede contener defectos ni estar mal escrita por ningún término, pues es sabido y consta a todo el mundo que qualquier diarista es un hombre infalible y no puede engañarse en materia alguna, procuró que la suya fuese la más excelente de quantas se hubiesen escrito.
Este suceso casual, a la verdad, y que se debió sólo a la buena diligencia suya y de los suyos, inspiró en él un generillo de arrogancia que le obligaba a reputarse por el sabio único de su nación, defecto realmente disculpable porque, ya se ve, ¿a quién no inspirará un tantico de vanidad verse extractado por su diligencia en el Diario del Japón, en las Efemérides del Tibet, en el Mercurio de Mogol, en la Gaceta de Cochinchina, en la Jornal de Luzón, etc. En realidad, de verdad, algunos literatos semieruditos que se dedican a las ciencias con mucho ahínco sólo con el fin de ser útiles a la patria, despreciando con ridícula moderación la fama pública como que no añade maldita la cosa al mérito de las virtudes o del saber, no dejan caer jamás de la boca aquella despreciable sentencia de Petronio: Ceterum neque generosior spiritus vanitatem amat neque concipere aut edere partum mens potest nisi ingenti flumine litterarum, innundata. Pero, ¿quién ha de hacer caso de un Petronio, infame libelador, que tubo el iniquo atrebimiento de llamar ignorantes a los malos poetas de su tiempo? Cien mil veces más docto que Petronio es mi célebre amigo don Eleuterio Geta y ha estampado la proposición contraria en su famosa Epístola en estos términos: El que no tenga ansia de gloria no hará cosa que valga un pito; la qual, aunque no se puede negar que es un solemne desatino de a dos en quintal y que se opone un sí es no es a las máximas del Evangelio, que está predicando en todo y por todo la humildad, moderación, desprecio de las cosas humanas, aunque con ella se dé a entender mui bonitamente que el amor sólo a la virtud, sin mezcla de fin alguno personal, no puede producir cosa que valga un pito, deduciéndose por consecuencia lexítima que no han valido un pito las acciones de los Apóstoles y demás santos que venera la Iglesia de Dios, a los quales no veneraría seguramente si hubieran tenido la ansia de gloria que dice mi amigo, y, aunque sea certísimo que la tal proposición es hija lexítima del disparatado sistema del interés personal, nieta del loco Helvetius y viznieta de la desatinada filosofía o, por mejor decir, kakosofía de nuestro siglo, la qual no conoce por lo común acción laudable ni virtud verdadera que no tenga por fin la utilidad particular; pero basta que el señor don Eleuterio la afirme para que le creamos. Porque, quando el señor Geta, tan profundo y meditativo filósofo, lo dice así, sus razones tendrá para ello y a nosotros, pobres ignorantes, no nos toca aberiguar si el deseo de gloria en Alexandro el Grande causó la destrucción de la Asia, en Julio César la de la República, en Mahoma la de África y partes de Asia y Europa y en Gengis Kan la de la China. Destrucciones y estragos que deben de valer un pito para su merced del señor Geta, puesto que nacieron del ansia de gloria.
Harto larga me ha salido esta cláusula y la culpa tiene el señor don Eleuterio, el qual tiene unas cosas que... ¡sean por amor de Dios!
No parece sino que mi Chu-su había vevido en ciertos libritos à la dernière estas máximas que eleban el hombre, enseñándole a despreciar en su comparación al resto del género humano. Miraba ya a todos sobre el hombro. Para él no había obras buenas, sino las suyas. Escribía contra todo el mundo, menos contra sí: a unos llamaba farragistas, a otros venales, a otros doctores tártaros, a otros remendones de obras agenas. Las suyas solas eran las originales, las grandes, las dignas de leerse. Y, ¡cómo no habían de serlo habiendo logrado verse extractadas en todos los diarios del Asia! Mas, he aquí lo que es la envidia, el vicio perseguidor de todos los grandes talentos:
Había acudido a la corte con el fin de concluir la carrera de sus estudios un joven adusto, flaco, alto, cegijunto, de una condición tan insufrible y de un carácter tan en sumo grado mordaz que no recelaba burlarse de los poetas ridículos, de los literatos ambiciosos y de los gramáticos arrogantes. Sobre todo, no podía ver que los verdaderos semieruditos anduviesen arrempujando este título a los eruditos verdaderos (uso harto común) ni arremetiendo con sus satirillas a qualquier triste que no tubiese habilidad o ánimo para defenderse. Su genio, naturalmente seco y ageno a toda adulación, le llebaba a atropellar por todo inconveniente por el gustazo de ajar la vanidad y bajar el toldo a qualquiera que se complaciese en ajar a todos. Conoció el aire del buen Chu-su. Observó su carácter, sus letras, sus estudios. Y, a la primera ocasión, le echó encima una sátira tan a tiempo, tan de improviso que el pobre hombre se quedó, poco más o menos, como el que en medio de su pompa se ve despojado por sus acreedores de las magníficas ropas con que admiraba al vulgo.
¡Válgame Dios, lector mío, quántas son las maravillas de la inagotable naturaleza! ¡Quién diría que en Pekín, corte situada en la extremidad del Asia cercana al otro trópico, había de haber acontecido un lance tan parecido al que me ha sucedido a mí con el señor maestro del señor Geta! No digo esto porque nadie crea que se hallan en dicho señor maestro las qualidades que vio el otro joven en Chu-su. ¡Jesús!, ¡Dios me libre de caer en semejante malignidad! Una cosa es que yo crea de él allá en mi coleto lo que me dé la gana y otra que pretenda desacreditar a un varón tan célebre. Si tiene vanidad y orgullo, con su pan se lo coma, que yo por mí confieso aquí, como si estuviera a la hora de la muerte, que no le envidio, antes admiro esa preciosa qualidad con que le ha dotado la próvida naturaleza. Lo digo sí, porque, aun antes que llegasen a mis manos las memorias chinescas, di a luz la fabulilla del Asno erudito, que tanto ruido ha hecho por el mal de mis pecados. Y es la gracia que el picarón chino que combatió a Chu-su usó del mismísimo maldito dictado de asno para satirizarle. Semejanza admirable, a la verdad, que merece quedar perpetuada en los bronces de la historia, para lo qual servirá mi pluma de llave de los tiempos que abra inmortales puertas a la memoria deste suceso no digno de quedar sellado en túmulos de espuma. En mi último capítulo se verá la prodigiosidad desta semejanza.
¡Pobre Chu-su!, ¡Pobrecito! ¡Quién te lo diría! ¡Tú, acostumbrado a triunfar de todos los sabios de tu nación, hecho a obstentar despojos y lebantar trofeos ganados en guerras plumígeras, en pacífica posesión de satirizar a todos, de despreciarlos, de sojuzgarlos, te ves notado públicamente de asno por un infame embidioso que se burla de los embidiosos, por un antihumanista que sabe usar debidamente de las humanidades, por un pícaro que se ríe de los gramáticos con haber estudiado tanta gramática como qualquiera de ellos! ¿Qué es esto?, ¡Dios justo!, ¡Dios vengador de las acciones iniquas!, ¡Dios distribuidor de las penas y castigador de los malvados!, ¿qué es esto? ¿Dónde están vuestros rayos que no destruyen, no confunden, no aniquilan, no anonadan la abominable persona del insolente autor del libelo del Asno? ¡Llamar asno a Chu-su!, ¡Santo Dios!, ¡llamarle asno! Y, ¡el nefando, el detestable, el malvado, el iniquo autor se ha de estar riyendo a lo somusmujo de las exclamaciones y ardientes suspiros de sus fieles y apasionados admiradores! ¿Dónde estáis, rayos abrasadores, que no arrojáis del mundo una cabeza tan malévola? ¡Caed!, caed luego y restituid a nuestro maestro su antigua gloria, quam mihi et Eleuterio prestare digneris... etc.!
Así se desgañitaban los fieles apasionados de su Chu-su (menos el quam mihi... etc., que esto no corre entre chinos), mientras él, aparentando a ley de hombre grande un tranquilo y santo desprecio, exclamaba entre sus amigos contra la mala crianza del perverso libelador. Publicaba que no debía dar respuesta a personalidades y deseaba, allá en su interior, que saliese alguna respuesta. Decía que elefantes excelsamente corpulentos no debían humillarse a conversar con miserables sabandijas. Pero, entretanto, la sabandija le hacía cosquillas en la trompa y no le disgustaría que alguno le hiciese la caridad de sacudírsela. En esto estaba todo embevido, todo ocupado, quando ve entrar en su quarto un elefante hecho y derecho en la persona de un íntimo apasionado suyo. Era el hombre de una humanidad tan desaforada que apenas fue la puerta suficiente para dar entrada al monte de una barriga honrada montada sobre una espalda zamba que componían una montaña de carne en apariencia de animal con dos piernas, capaz de verificar él sólo por sí la opinión de Platón sobre la animalidad del mundo. Eruptos bien diferentes eran los que rebentaban por la boca de este Etna andante; porque, hipando siempre y resoplando con anhélito fatigado, regalaba con un aliento tan puro a los que le hablaban qual se podía esperar de un seno confuso en que nadaban quintales de alimento entre cien líquidos mixturados, consagrados antes al deleite de un gaznate embudo, conducto asqueroso de la crápula y del desorden. Un hombre tan grande, no podía menos de ser grande hombre. Y no se estimaba él en menos; porque, dicen, que tenía furiosa habilidad para desacreditar a los hombres más doctos de su nación, sin respetar las venerables cenizas de los muertos que procuraron ilustrarla y engrandecerla.
Saludó, en fin, a Chu-su. Y, mezclando hipos con palabras y palabras con hipos, le dio el pésame del infortunio y no esperada desventura que le había sobrevenido:
-«Y, ¿qué?, amigo, ¿no estáis en ánimo de responder? ¿Ha de quedar impune la maledicencia de ese miserable infamador? ¿Consentiréis que vuestros contrarios se bañen en agua rosada viendoos acometido con tan poco temor de Dios?»
-«¿Ha, fiel y buen amigo mío!», respondió Chu-su, «¿qué he de replicar a la iniquidad de un maligno que se contradice tan torpemente diciéndome que no soy sabio, porque no sé ciencias; que no soy buen poeta, porque no poseo las qualidades necesarias para serlo; que mis versos son fríos, porque parecen prosa y que hago mal en andar satirizando a todos, porque tengo mucho que me satiricen?»
-«¡Cómo!, ¿en eso os paráis?», replicó el chino montaña. «Pues, ¿acaso a vos os toca provar que sois sabio, quando consta a Dios y a todo el mundo que os halláis limpio de semejante defecto? Oíd mis documentos y por mí la cuenta si, practicándolos, no os salís con batir en brecha y confundir para nuestro partido al antagonista»:
«Primeramente, aunque es público y notorio, pública voz y fama que vos no podéis enseñar sino gramática y algunos elementos de música, habéis de suponer que un discípulo vuestro, que ha aprendido de todas las ciencias que no sabéis, se encarga de la defensa de su maestro. Si os notan de jactancioso y arrogante, he aquí el modo de manifestar que no lo sois. Porque, ya se ve, ¿qué prueba mayor de moderación que llamarse públicamente maestro un hombre que ni aun sabe lógica y atribuirse a un discípulo la impugnación de un antagonista, de quien, por ser hasta aora desconocido, ignoráis si puede saber más que vos? Éste será, sin duda, un golpe de maestro y lograréis itropezablemente la gran fortuna de que se rían de vos y vuestro magisterio las gentes de juicio, gloria, a la verdad, que la logran pocos en esta vida.» «En segundo lugar, aunque qualquier niñito de teta gramatical sabe que crítica, sátira y libelo son tres provincias que se hallan a muchas leguas de distancia la una de la otra, como nuestros buenos y fieles amigos no tienen obligación de entender estas distinciones y límites, vos llamaréis a la obra de vuestro adversario primero crítica abullada para inducir a creer que no ha provado nada en ella, fundándose en generalidades, y luego libelo infamatorio para concitar contra él el rencor del público y aun el del magistrado, si puede ser. Yo sé bien que el pícaro moscón no se propuso escribir otra cosa que una sátira y que la dispuso en aquella forma para heriros por los mismos filos con que vos habéis herido a otros; pero esto conviene disimularlo y darle con el libelo, a pesar de un tal Gerardo Vossio, en cuyas instituciones poéticas me acuerdo que me enseñó un día el regañón Kin-Taiso estas palabras: Pertenece al satírico el reprender las costumbres no tanto en general como en particular, no tanto las pasadas como las presentes; en lo qual conviene con la comedia antigua, porque, así como Aristófanes persigue a Oleón, a Hypérbolo, a Alcibíades y a otros contemporáneos suyos, del mismo modo Luciano reprende no a Tarquino el Soberbio o a Appio el Decemviro, sino a Lupo, a Mucio y otros de su tiempo; Persio quebranta esta ley de la sátira, porque reprende a pocos de su edad y a ésos con nombres fingidos; así su poema apenas merece el nombre de sátira, porque no muerde a ninguno por su mismo nombre. ¿Se pueden dar palabras más desatinadas? ¿No diremos con mucha y mui justa razón que este menguado Vossio es un iniquo instigador de libelos, quando enseña que se reprenda señalada y descubiertamente los viciosos para intimidarlos y obligarlos a que se corrijan? Fuera de esto, vos, a Dios gracias, sois un hombre perfectísimo, que no tenéis vicios que os reprendan y, por otra parte, gozáis del privilegio de satirizar a todo pobre escritor con prohivición de que ninguno se atreva a satirizaros. Conque ve ahí cómo es libelo qualquier escrito en que se burlen de vos y vuestra virtuosa vanidad.»
«En tercer lugar, usando de la rectitud de vuestro juicio o crítico como acostumbráis, habéis de truncarle las expresiones e interpretarlas con toda la más santa malignidad que os sea dable. Por exemplo, si él escribe que los nidos de pájaros saben mejor con especias que sin especias, habéis de clamar que se desprecia los nidos de pájaros y que esto es contra el gusto de la nación. Así, del mismo modo, si él dice que las humanidades sin ciencias son una sabiduría superficial y que ninguno puede ser gran poeta con solas las humanidades, habéis de clamar hasta arrojar el pulmón por la boca, si os parece, que es un sacrílego quien desprecia las humanidades en descrédito de toda la nación. Y esto es indudable, porque serán contados los que no conozcan que es contra el crédito de la nación el que se diga públicamente que ninguno debe juzgar de sí que es sabio sin saber ciencias y que ninguno ose sin ellas atribuirse el divino nombre de poeta. Estas proposiciones inclinan a la barbarie y son capaces de amortiguar la aplicación en los jóvenes y, por lo tanto, infamatorias, detestables y dignas de proscribirse. Por el extremo opuesto, siguiendo los jóvenes vuestro exemplo, se llamarán y venderán por sabios sin saber ciencias y se seguirá un grandísimo crédito a la nación que criará más sabios de vuestra especie que el verano moscas.»
Aquí llegaba el panzudo chino, quando Chu-su, impaciente ya con el deseo de poner en práctica sus loables máximas, sin permitirle continuar más, saca papel, dóblalo, toma la pluma y pónese a escribir.
El amigo, que le vio preparándose a la vindicta de la nación, gravemente ferida en la excelsa persona de Chu-su, llamó con resonante voz a sus criados; los quales, viniendo, tiraron dél y le sacaron, no sin auxilio de un desmedido sacatrapos. Chu-su se quedó escribiendo.