La
luz del Oriente, de
Jesús Sánchez Adalid.
Hasta pasados
quince días no me encontré repuesto de la
herida. El mes de junio había llegado y las Megalensias
tocaban a su fin, por lo que me perdí el espectáculo
más esperado por todos: las luchas de los gladiadores y los
números con fieras en el anfiteatro. Pero quedaban aún
las representaciones teatrales y la magna celebración de la
resurrección de Atis como colofón.
Lico fue a
recogerme con una litera y por el camino me puso al corriente de
las novedades, sobre todo de una que no me sorprendió: como
todo el mundo nos había visto la noche de los coribantes, por
la ciudad corrió el rumor de que había algo entre
Eolia y yo, y algún malintencionado lo había puesto en
oídos de mi padre. El asunto se presentaba feo, pero Lico
me tranquilizó, porque el mismo Hiberino lo había
suavizado poniéndose a mi favor: «Ya sabes cómo
es Emerita, no podían pasar unas Megalensias sin un chisme que
llevarse a la boca le había dicho a mi padre. Será
mejor que no disgustes a Félix para que se reponga cuanto
antes».
Cuando llegué
a la casa, me encontré a toda la familia en el vestíbulo,
dispuesta a salir para ir al teatro. Aunque sentía la
boca seca y las piernas algo débiles, no quería
quedarme solo y pedí que me llevaran, haciendo ver que me
encontraba totalmente repuesto.
Está
bien dijo mi padre un poco de diversión y aire
fresco no puede sentarte mal.
Me vi de nuevo en
la litera, acompañado por mi hermanastra Salia. Estuvo seria
al principio, pero después se mostró cariñosa.
Deseaba
verte más que otra cosa dijo con ojos sinceros . He
temido mucho por ti desde que supe lo que te había pasado.
Enseguida nos
envolvió la barahúnda de la gente que se dirigía
al teatro y me sentí extraño entre aquel alboroto,
acostumbrado como estaba al silencio de la casa de Mitra. Frente
a la puerta principal y en los alrededores habían formado
largas calles de tenderetes, en los que se vendían aceites
perfumados, imágenes, joyas, espejos y juguetes. El
último clamor de las fiestas estaba allí, junto al
aroma del vino fresco y los pasteles de miel que ofrecían los
vendedores ambulantes.
Cuando accedimos a
la inma cavea, las gradas estaban ya casi al completo; escuché
varias veces mi nombre entre el murmullo y noté que la gente
me miraba. Muchos conocidos se acercaron para saludarme y, una
vez en mi asiento, me envanecí por aquella popularidad. Traté
entonces de imaginar lo que sucedería cuando Eolia y mi tío
llegaran, tarde como siempre, a sus sitios, pues ambos estaban
dispuestos a continuación de los nuestros.
La representación
comenzó con una de esas comedias cómicas tan
populares en aquellos tiempos, en la que todo se desenvolvía
en un confuso enredo entre un bonachón (Pappo), un astuto y
jorobado que todo lo sabe (Doseno) y el pobre tonto (Macco) que
salía siempre molido a palos. Cuando le tocó recibir la
paliza, este último papel lo desempeñó un
esclavo, elegido por sorteo entre los obreros de la escena. Todo
el mundo esperaba este momento, pues el desgraciado, disfrazado con
la máscara de Macco, era entonces perseguido por el resto de
los actores y acababa recibiendo un sinfín de golpes
propinados con estacas verdaderas de palo, que resonaban en todo
el teatro haciendo las delicias del público.
Tras esta
representación hubo un descanso, en el que llegó
Hiberino a la cavea, acompañado por algunos de sus amigos,
pero sin Eolia. Como ahora tenían lugar las representaciones
más serias, entraron también las autoridades para
ocupar la platea.
Era media tarde;
daba comienzo la gran representación que traía a
la escena los misterios de la Magna Mater, que terminaba con la gran
pira que ensalza el triunfo de la diosa y la resurrección de
Atis, y que debía encenderse al caer la oscuridad para
resaltar más el efecto.
En el centro de la
escena había un gran pino coronado de violetas, como
Símbolo de la muerte del joven pastor del cual la diosa se
había enamorado. Los mimos transportaban el ataúd
cubierto de flores y los coros entonaban los cantos de
lamentación. Luego una solista imploraba la compasión
de la diosa y pedía el perdón para su compañero.
Los coros cantaban de nuevo, ensalzando la hermosura y las virtudes
del joven, y cómo éste se había mutilado y
finalmente había muerto. Después se escuchaba a la
diosa hablar desde un trasfondo oscuro, y cuando cesaba su monólogo
todo el teatro quedaba en silencio durante un buen rato.
Entonces tenía lugar el momento más emocionante de la
representación: la diosa irrumpía en la escena
conduciendo un carro tirado por dos grandes caballos blancos, cuyas
cabezas estaban cubiertas por máscaras que figuraban cabezas
de leones. Los coros intensificaban los cantos y el público
se levantaba de sus asientos prorrumpiendo en un gran clamor de
entusiasmo. Entonces ardían el pino y la gran pira que
había dispuesta detrás de él y que estaba
impregnada con material combustible. Cuando la luz llenaba el
escenario, Atis salía de su ataúd, con el cuerpo ungido
con brillante aceite que relucía frente al fuego; se subía
con Cibeles en el carro y ambos recorrían triunfantes la
escena.
Aunque llevaba el
rostro cubierto por la máscara, el cuerpo y los ademanes
de la actriz que interpretaba a la diosa me resultaron
familiares.
¡Es la
bella Eolia! gritó alguien detrás de mí.
Era ella, en efecto: aquéllos eran sus hombros y sus delicados brazos. Cuando descendió del carro para saludar al público, casi pude adivinar sus ojos verdes mirándome alegres desde el interior del rostro de la diosa. Entonces recordé que la noche de los coribantes me había anunciado como un secreto que interpretaría a la Cibeles en la Magna Celebración; pero, como otras cosas que ocurrieron aquella noche, yo lo había olvidado.