Félix
de Lusitania, de Jesús
Sánchez Adalid.
Prefacio
Mi nombre es Félix
y nací en Lusitania. Mi tierra es famosa por ser la última
de Occidente. Más allá de Oisipo sólo está
el océano en el que no se adentran mucho los navegantes por
temor a llegar al final y caer en el vacío. Y el sol, cuando
va a perderse por donde se acaba el mundo, baña de una
luz singular nuestros cielos, los más limpios del orbe. Los
bosques son inmensos, poblados de encinas y alcornoques, salvo en las
orillas del caudaloso río Anas donde crecen alamedas de
robustos chopos, fresnos y olmos. La primavera brota de repente,
como por arte de encantamiento, y una nevada de pétalos
blancos cubre las verdes Jaras; las adelfas de las riberas se visten
de flores rosadas y en las praderas se despliega un colorido tapiz de
entrelazados amarillos y morados, salpicados de rojas amapolas.
Emérita, mi
ciudad, es la capital de Lusitania. Fue fundada en tiempos de Augusto
y se precia de ser romana, al genuino estilo. En los foros
provinciales se venera a los dioses de siempre con sacrificios y
ceremonias que siguen inalterados el ritual de los tiempos de la
fundación. Se honra al genio protector de la colonia en
el lugar que le corresponde y las divinidades capitolinas ocupan
pedestales preeminentes. Las procesiones de los colegios
sacerdotales y las comitivas de ciudadanos, así como los coros
de jóvenes, recorren las principales vías donde se
alzan edificios de grandeza y suntuosidad comparable a los de las
renombradas ciudades del Imperio, henchidos de orgullo romano.
Pero debió
de ser a causa de mi origen, en el extremo del mundo, que nací
con una pregunta en mi interior, como un acicate. Mi despertar a
la vida, sin embargo, fue como el de cualquier muchacho; aunque
pronto me acosaron las dificultades, y yo y mi pregunta nos vimos
obligados a ponernos en camino hacia levante, donde nace el sol de la
sabiduría.
Aun habiendo
abandonado mi provincia tan joven, guardo nítidos recuerdos de
mi adolescencia en la preciosa villa de mi padre, en la vega del
Anas. Durante un corto periodo de mi vida fui auriga en el circo de
Emérita, el más grande y famoso después del
circo Máximo. Pero fama y prestigio a tan corta edad no
tardaron en causarme graves problemas. Así que,
obedeciendo a los consejos de mi abuelo Quirino, me fui a Gades
para embarcarme, pues seguir los vientos y las corrientes era siempre
más favorable que el largo y tortuoso camino por tierra.
Fui a Roma
persuadido de que era el centro del universo, como cualquier
ciudadano del Imperio. Y comprobé que todos los caminos parten
de allí. Son esas mismas vías las que hacen fluir a los
hombres de los más recónditos y apartados lugares para
traer sus rarezas; de manera que la Urbe jamás volverá
a ser ella misma, sino el desasosegado hervidero de las más
extrañas creencias e ideas. Esa Roma rebosaba de todo,
sin satisfacer con nada. Sólo hallé consuelo en brazos
de una hermosa joven consagrada al templo de la Salud. Aquellos
misterios cautivaron pronto mi espíritu, pero mi cuerpo
traicionaba a mi ánimo, porque no llegaba a comprender que
ella era sólo el reflejo, la sombra de algo eterno. Y no voy a
decir que sufriera un desencanto, pero de repente empecé a
sentir todo aquello como algo ajeno y pasé del dulce sopor a
la repugnancia y el rechazo.
Por eso me fui a
Siria alistado en el regimiento de carros que preparó el
prefecto Timesiteo para hacer frente a los persas. Se decía
por entonces que el verdadero centro no estaba en Roma, sino en
Siria, concretamente en Antioquía, por ser una ciudad entre
dos mundos: puerta al Oriente más genuino y puerto del
Mediterráneo griego, origen de nuestra cultura. Pero,
precisamente por ser ciudad libre y de paso, allí se reunía
una abigarrada población, frívola y turbulenta, mezcla
de fanáticos adeptos a los misterios, mercaderes, soldados y
ardorosos y violentos buscadores de placer y dinero.
En poco tiempo
tuve cerca el combate. A lo lejos se veía la polvareda y
se escuchaba, como un rugido, el clamor de la batalla. Fue mucho más
rápido de lo que pensaba que sería una guerra.
Caballeros y carros nos lanzamos hacia una apretada maraña
humana donde sobresalían camellos y elefantes. Nos
sorprendió la noche todavía en el campo de batalla,
donde el olor a sangre y a tierra quemada se mezclaba como
salido del propio infierno.
Aunque ganamos
algunas batallas, los persas terminaron venciéndonos.
Desde las colinas veíamos las celebraciones del enemigo, abajo
en su campamento, junto al gran río: los fuegos sagrados y las
multitudinarias danzas al atardecer; los estrados con el trono del
rey de reyes y las procesiones majestuosas de los nobles, vestidos
con largas túnicas de vivos colores y tocados con
elevados gorros iranios; las brillantes esferas que representaban el
Sol y la Luna y los sacrificios de imponentes carneros, cuya sangre
corría río abajo, enrojeciendo las aguas.
Nuestros soldados,
extenuados y confundidos, terminaron asesinando al emperador
Gordiano, instigados por los nabateos cuyo jefe era Filipo el Árabe,
que pronto se erigió augusto. Y supo acallar las conciencias
con carretas repletas de sacas de monedas que repartió con
largueza entre los hombres, especialmente entre los mercenarios y
auxiliares bárbaros.
Fue el propio
Filipo el que se fijó en mí y me propuso como
embajador para ir a contentar al rey Sapor de los persas,
buscando una paz vergonzosa que permitiera a Roma celebrar con la
pompa y el boato suficiente el milenio de su fundación.
En otoño,
cuando los vientos comenzaron a soplar, marché con mi comitiva
por el viejo camino real, adentrándonos en los arrasados
campos de Mesopotamia, sembrados de pelados huesos de guerreros
tendidos al sol. Los henchidos buitres levantaban el vuelo a nuestro
paso e iban a posarse en las quemadas ramas de los cedros. Había
niños hambrientos en los caminos y mermados rebaños de
escuálidas cabras arañando la tierra con los dientes
para buscar raíces bajo la capa cenicienta que cubría
los suelos.
En Ctesifonte cruzamos la majestuosa puerta y, ya en el interior de los muros, nos encontramos con la resplandeciente ciudad que era un reflejo de la sociedad sasánida, que quería retornar a las viejas tradiciones iranias, con el rey de reyes y su corte ocupando el centro.