El
mozárabe, de Jesús
Sánchez Adalid.
¡Bueno,
hemos llegado! dijo Abuámir mientras descabalgaba .
Estás en tu propia casa de campo; la munya de al Ruh.
Pasaron al
interior de la propiedad. No ocupaba una gran extensión,
como los jardines de los alcázares o los de Zahra, pero tenía
el encanto de los terrenos plantados desde muy antiguo, donde
los gruesos troncos brotan ingobernables y en las alturas crecen a
sus anchas, escapando a las manos de los jardineros. Los setos
era viejos y tupidos, y las marañas de enredaderas y
emparrados se adueñaban de los pasillos formando
apretados techos bajo cuya umbría crecía la hierba
fresca y húmeda. En el centro, semioculto por tanta
espesura, se levantaba un hermoso palacete, cuyas ventanas ya
estaban iluminadas. Era una de esas edificaciones de la época
del emirato, construida en dos pisos y pintada en verde malaquita
oscuro, tal vez para conseguir una perfecta integración
en el ambiente que formaban juntos la alameda y el río.
Atravesaron los
jardines y cruzaron la puerta principal, que les condujo a un patio
abierto rodeado de habitaciones. En el piso superior había
una galería, que al igual que la inferior se sostenía
con viejas columnas romanas de granito. No faltaban la fuente
central, con su gran pila de piedra, y una serie de naranjos y
limoneros plantados en hileras paralelas.
¡Oh,
Dios mío! exclamó Subh, mirando embelesada a su
alrededor . Esto es maravilloso.
Aguarda a
que subamos al piso superior dijo Abuámir.
En el alto se
encontraron con un hermoso saloncito, iluminado por cuatro faroles
sostenidos por leones sentados, que una esclava acababa de encender
con una antorcha. El suelo estaba cubierto de alfombras y las
paredes decoradas con coloridas pinturas vegetales. El techo era un
firmamento azul ahumado repleto de doradas estrellas.
¿Y..
dices que este lugar me pertenece? preguntó Subh.
Bueno, ésta
y cuatro munyas más. Forman parte de la ingente fortuna
con la que el califa te dotó como premio a tu maternidad,
junto con una buena extensión de tierras, además
de joyas, dirhems de oro, esclavos... En fin, como a una reina.
Recorrieron las
estancias y ella se maravilló al contemplar que cada una
era diferente en su estilo, aunque costaba determinar cuál era
la más hermosa.
Más tarde,
cuando Subh fue a llevar a los niños a dormir, pues les había
llegado la hora, Abuámir se encargó de que los criados
prepararan una mesa en el centro del salón principal,
donde fueron disponiendo una serie de manjares que él
había elegido previamente.
Las ventanas
estaban abiertas al jardín exterior; se veían las
oscuras copas de los árboles casi queriéndose
entrar en la estancia. Un mirlo cantaba en la espesura. Los
aromas frescos del río subían, mezclados con los
de la tierra regada por los canales que empezaban a llenar las norias
a la caída de la tarde.
Cuando la mesa
estuvo dispuesta, Abuámir despidió a los criados, con
la orden de que se retiraran a sus viviendas después de cerrar
las puertas del palacete. Si no fuera por el mirlo, todo habría
quedado en silencio.
A1 fondo del salón
había un gran espejo, rodeado por un dorado marco con forma de
herradura. Abuámir se miró. Su rostro estaba brillante
por el sudor y su turbante le pareció descompuesto. Deslió
con cuidado la banda y se descubrió completamente la cabeza.
Estaba orgulloso de su pelo abundante, largo y oscuro. A un lado
había una jofaina de las que se usaban para lavarse antes de
las comidas, con su toalla de fino hilo con bordados y su perfumado
jabón. Se estuvo lavando delicadamente los brazos, el
cuello, los cabellos y la cara. Luego mojó las yemas de
los dedos en aceite y los pasó por algunas mechas de su
cabello. Solía hacerlo cuando pensaba estar con la cabeza
descubierta. Junto a la jofaina había una pequeña
piedra de almizcle en su cajita de plata. Él la tomó y
la frotó entre las manos percibiendo su peculiar y sugerente
olor. Luego se extendió el aroma por el pecho y la nuca sin
excederse. Se fue hasta el balcón, se recostó en él
e inspiró varias veces con profundidad para sentirse
relajado. Las sombras envolvían ya el jardín, y un
criado fue encendiendo los faroles.
No pudo evitar que
una especial excitación lo invadiese cuando oyó los
pasos de Subh en el pasillo de la galería. Ella apareció
ataviada todavía con los ropajes de eunuco; con sus
amplios calzones de estilo persa y un holgado blusón con
bordados. Aun así estaba muy bella, pero él se
sintió algo defraudado. Sin poder reprimirse le dijo:
¿No
te descansa cambiarte de ropa después de un viaje?
Bueno, no
tengo nada más que esto. Nadie me había dicho que no
íbamos a retornar a los alcázares.
El cayó
entonces en la cuenta. De un brinco se puso en pie y la cogió
de la mano. Tirando de ella hacia la puerta, dijo:
¡Ven!
Te mostraré algo.
En un dormitorio
contiguo, decorado con un lujo desbordante, había uno de esos
armarios empotrados en la pared y separados por una cortina. Abuámir
la descorrió. Colgados en sus perchas había una
veintena o más de vestidos.
¡Oh!
exclamó ella . ¿Y esto?
No sé
respondió él . Cuando hice el inventario de
la propiedad me encontré con ellos. Una vieja criada me
dijo que el anterior califa había alojado aquí a una de
sus favoritas antes de que se construyera la Medina al Zahra.
Seguramente todos esos vestidos le pertenecieron.
Abuámir los
descolgó y los extendió sobre las alfombras. Había
sedas, brocados, damascos, suntuosos velos de encaje y dorados
fajines ricamente bordados. A1 verlos, el rostro de Subh se
iluminó.
¿Habrá
habido alguna vez una reina con mejores vestidos que éstos?
exclamó.
¡Vamos,
ponte uno! le pidió Abuámir.
Oh, no, no,
no...
Pero... ¿por
qué? Son tuyos.
No, no sería
capaz. Pertenecieron a una de esas mujeres. Sería como
enfrentarse directamente a ellas.
¡Bah!
¡Supercherías de gente del norte! se enojó
él . Las cosas son cosas, independientemente de sus
dueños o poseedores. Además, según eso, no
podríamos vivir en ninguna casa si no hubiera sido
edificada sólo para nosotros, ni andar por los caminos, pues
por ellos pasaron ya otros que murieron... Las cosas son cosas, sólo
eso.
Hummm... No
sé...
¡Vamos,
escoge uno! insistió él .Son maravillosos.
¿Quién puede asegurar que no estaban aquí para
ti, esperándote?
Subh se mordió
los labios indecisa. Miraba los vestidos con un deseo imposible
de disimular. Por fin se decidió.
¡Espérame
en el salón! Y.. dame tiempo; tardaré un rato en
decidirme.
Abuámir
regresó al balcón de la sala. El mirlo solitario seguía
emitiendo su agudo y solitario canto. Se había hecho de noche,
pero el jardín estaba más hermoso si cabe, sumido en su
misterio y alumbrado por los faroles que ardían en los
ornamentados rincones. El aire del río se había
hecho más fresco. Un grillo se unió entonces al mirlo,
secundado enseguida por otro y más tarde por un coro de ranas
desde la orilla. Abuámir se regocijó con aquellos
sonidos del verano y se acercó hasta la mesa para servirse una
copa de vino. Lo saboreó largamente e intentó no
imaginar qué vestido habría elegido Subh, para no
estropear la sorpresa que le aguardaba. Entonces le vino a la mente
un amago de remordimientos. Luchó para no sucumbir a la idea
de que todo aquello era algo prohibido. «Lo que Dios quiere
sucede pensó , lo que Él no quiere no
sucede.» Eso le tranquilizó.
Creyó estar
delante de uno de sus sueños. Ella había escogido el
largo vestido de color azafrán, con dorados bordados
alrededor del cuello, en las mangas y en los bajos. Le caía
suelto y perfectamente asentado en sus formas. Se había
calzado unas delicadas sandalias de cordones de oro, y su pelo rubio,
libre sobre los hombros, no podía completar mejor el conjunto.
Él la contempló durante un rato. Luego dijo:
Dios te creó
para ser una reina. La luna es siempre la misma. Incluso cuando
sólo aparece en un delgado reflejo. Pero un día desvela
su cara y eclipsa a todos los demás astros. Hoy tú eres
la luna llena.
Subh se turbó
visiblemente. Apartó rápidamente sus ojos de los de
Abuámir y los paseó por la mesa donde estaban
dispuestos los platos para la cena.
¿Y
todo esto? preguntó sorprendida.
Ven, ocupa
este sitio le rogó Abuámir.
Se sentaron el uno
frente al otro. Abuámir retiró a un lado una complicada
lámpara de varios brazos que ocupaba el centro de la mesa.
Subh seguía con la mirada atenta a los diversos platos.
Prueba eso
de ahí le sugirió él.
Ella alargó
la mano y tomó algo entre los dedos. Lo examinó con
gesto de extrañeza y luego preguntó:
¿Qué
es? Parecen personitas.
¡Ja,
ja, ja...! rió Abuámir .Pruébalo y
te diré lo que es.
Subh se lo llevó
a la boca y lo masticó cuidadosamente.
¡Hummm...!
exclamó . Está muy bueno, pero tiene
huesecillos. ¿Puedo saber qué son?
Son ranas
respondió él con gesto divertido.
¿Ranas?
Ranas de...
Sí.
Ranas del río, como esas que cantan a la noche.
Nunca pensé
que se comieran.
¿No
hay ranas en tu tierra?
Bueno, sí,
pero supongo que menos que aquí. Nunca había oído
croar tan intensamente... Están enloquecidas.
Cantan al
amor. Un poeta antiguo, al Turabi, decía que llaman a la
luna para que venga a mirarse a su espejo.
¿A su
espejo? ¿Qué espejo?
Sí,
el río. ¿No has oído nunca que la luna se mira
en el agua como en un espejo?
¡Ah,
cuántas cosas bonitas sabes! exclamó ella
verdaderamente admirada.
Siguieron
hablando, comiendo y bebiendo vino. El tiempo parecía detenido
en la magia de aquel salón; pero la noche avanzaba, mientras
ellos empezaban a languidecer arropados por la mutua compañía.
¿Eres
ahora feliz? le preguntó Abuámix.
¡Claro!
Creí que nunca podría volver a ser feliz. Me siento
como un pájaro a quien le han abierto la puerta de su
jaula. Todo me parece nuevo y distinto. En tan poco tiempo han
cambiado tanto las cosas para mí... Pero, a veces, siento
miedo. No puedo evitarlo.
¿Miedo?
¿A qué? ¿No estoy yo contigo?
Sí.
Si no hubiera sido por ti nunca habría encontrado esta
felicidad. Tú has abierto la puerta de mi jaula. Pero ha
sido todo demasiado rápido. Algunas veces me asaltan las
dudas. Cuando estaba en el harén pensaba que ése era
únicamente mi destino y que no debía esperar nada
más. Que Dios me había hecho para eso y que lo único
que me quedaba era aceptarlo.
Bueno. ¿Es
que no tienes derecho a ser feliz?
¡Oh,
sí! Pero esta felicidad me asusta. Es como si... Dejémoslo,
no vas a entenderlo.
¡Vamos,
habla! le pidió él cogiéndole las manos .
¿Vas a desconfiar ahora de mí?
Subh le miró
entonces abiertamente. Sus ojos claros reflejaban una luz especial, y
su semblante se hizo transparente.
Se trata de
eso. Creo que confío demasiado en ti. Antes debía
pensar por mí misma, aunque todo fuera oscuro y difícil.
Ahora espero continuamente a que tú decidas por mí.
Con frecuencia, me sorprendo esperando a que llegues y digas que
hay que hacer esto o aquello. Te has vuelto demasiado importante para
mí, y mi corazón antes era libre, aunque lo demás
estuviera en una jaula.
Las lágrimas
corrieron por su rostro. Abuámir las recogió con sus
dedos en una caricia. La contemplaba con dulzura, pero su mirada era
penetrante e ineludible.
¿Y
eso es malo acaso? preguntó él.
No, si yo
fuera libre respondió ella con sinceridad . Pero
mi destino está unido al hombre al que pertenezco.
¡Pero
tú no le amas! Te unieron a él contra tu voluntad.
Sí.
Pero es el padre de mis hijos. Y eso es algo sagrado, según me
enseñaron mis mayores. Y yo consentí voluntariamente en
aquella relación. Además, siempre se portó
muy bien conmigo. Y, en ese sentido, le amo...
Eso es
cariño. Pero el verdadero amor entre un hombre y una mujer...
Por favor,
no sigas dijo ella angustiada . Dejémoslo todo
como está. ¡Es maravilloso así!
¡No!
Este mundo lo separa todo, pone barreras, se opone a lo que de verdad
puede hacer feliz al hombre. ¿Vas a consentir que lo que de
verdad amas no te pertenezca por causa de esos temores?
¡Ah!
Necesitaría hablar con alguien más, aparte de ti.
Tienes demasiada fuerza; me dominas. ¡Oh, el obispo Asbag!
¡Cuánto le he echado en falta últimamente!
¡Vaya!
El obispo Asbag. Pero si no está aquí será por
algo. Está muy lejos y de momento no va a regresar. Lo que
Dios quiere sucede, lo que Él no quiere no sucede. Si el
obispo estuviera en Córdoba habría sembrado tu
alma de absurdos prejuicios de cristianos, y hoy no estaríamos
aquí los dos. ¿No será esto lo que Dios quiere?
Subh se quedó
pensativa. Abuámir decidió no seguir por aquel camino.
La discusión estaba echando a perder la magia de la noche.
Durante un momento permanecieron en silencio. Las ranas no
paraban de croar abajo en el río.
¿Oyes?
dijo él.
Sí
respondió ella . Llaman a la luna para que venga a
mirarse a su espejo.
Abuámir la
tomó de la mano y la condujo hacia el balcón. A lo
lejos, entre los árboles, el río reflejaba a la
luna en sus aguas mansas. Ninguno de los dos dijo nada, pero ambos
sintieron un estremecimiento con aquella visión.
Él le pasó
entonces el brazo por la espalda y subió la mano hasta sus
cabellos; la acarició suavemente en los hombros y en la nuca.
Ven le
pidió . Te mostraré algo.
Ambos se situaron
frente al gran espejo que había en el fondo del salón.
Abuámir extrajo algo de un pequeño cofre que había
en una alhacena, junto al espejo. Era una brillante diadema de
oro y piedras preciosas. Con cuidado, ciñó con ella la
cabeza de Subh.
Ahora sí
que eres una reina le dijo . Y estás frente a tu
espejo. Por eso cantaban las ranas.
Ella se miró
y se asombró al verse radiante, con aquel vestido y aquella
joya a la luz de aquel salón. Luego miró a Abuámir
a su lado; se fijó en su tez morena y en el contraste de sus
cabellos negros, brillantes, y en sus ojos profundos de árabe.
Él sabía
bien que la mejor manera de seducir a una persona es hacerle ver
que es la más maravillosa del mundo. A través del
espejo le transmitió eso a ella con sus ojos.
¿Ves?
le dijo ,somos tan diferentes... Tu piel es clara como
la luna y tus cabellos tienen luz. Yo, en cambio, soy la noche. No
puede haber luna sin noche...
Dicho esto, fue retirando el vestido de Subh. Primero lo deslizó dejando al descubierto sus hombros, que besó suavemente; luego, sin que ella pudiera moverse, la delicada tela de color azafrán cayó a sus pies dejando al descubierto su blanco cuerpo desnudo, como el de una pulida escultura.