Raquel,
de Vicente García
de la Huerta.
TERCERA JORNADA (Selección)
[Los castellanos, a cuyo frente se sitúa Alvar Fáñez,
deciden rebelarse contra la decisión de Alfonso Octavo y dar muerte a
Raquel. García intenta convencerles de que la puesta en práctica
de sus planes supone infligir un agravio a la persona del monarca. El rey parte
de cacería. Raquel queda sola, sin que nadie acate sus mandatos].
RAQUEL
El cielo os guarde.
¡Cuánto, ay de mí, que os ausentéis me pesa!
Qué es esto, congojado pecho mío,
¿Corazón. qué temor te desalienta,
¿Qué sustos te atribulan? ¿Ya Castilla
a mi arbitrio no rinde la obediencia;
Pues, corazón, ¿qué graves sobresaltos
son los que te combaten y te aquejan?
Sin duda debe ser que como el cielo
no te crió para tan alta esfera,
como es el Solio regio, mal se halla
tu natural humilde en su grandeza.
Tomen ejemplo en mí los ambiciosos,
y en mis temores el soberbio advierta
que quien se eleva sobre su fortuna,
por su desdicha y por su mal se eleva.
Mas cómo así me agravio neciamente
Mi valor, mi hermosura, las estrellas,
el cielo mismo, que dotó mi alma
de tan noble ambición, y la fomenta,
no confirman mi mérito, ¿Pues cómo
me puedo persuadir que exceso sea
de la suerte el supremo, el alto grado,
en que está colocada mi belleza;
El frívolo accidente del origen,
que tan injustamente diferencia
al noble del plebeyo, ¿no es un vano
pretexto, que la mísera caterva
de espíritus mezquinos valer hace
contra las almas grandes, que en las prendas
con que las ilustró pródigamente
el cielo, las distingue y privilegia?
No hay calidad sino el merecimiento:
la virtud solamente es la nobleza.
Sentándose.
Esto supuesto, ¿habéis, Rubén, mandado
disponer mis Decretos?
RUBÉN
Ya la Hebrea
Nación por mí las gracias te tributa
por lo mucho, Raquel, que te interesas
en su alivio. Los pechos que pagaba,
los servicios, las cargas y gabelas
están ya suspendidas, y dispuesto
el reintegro también de todas ellas
a costa del Erario, como mandas;
y porque éste tampoco así padezca,
al Pueblo Castellano se duplican
los impuestos.
RAQUEL
¿Razón acaso fuera
que cuando de este Reino los Vasallos
en riquezas abundan y en haciendas,
repartiesen con pobres extranjeros.
cuya industria y trabajo son sus rentas,
las cargas del Estado? Fuera injusta política.
RUBÉN
También, según ordenas,
el bando se ha dispuesto que prohibe
que dentro de Toledo nadie pueda
armas traer sin el real permiso;
y aunque con la noticia descontenta
está la gente ardiente y belicosa
viéndose desarmar, que efecto tenga
el mandato a su tiempo. no lo dudes.
RAQUEL
Así se humillará tanta soberbia.
RUBÉN
Las cabezas del público alboroto
se buscan, pues se sabe con certeza
que no le fomentó Fernán García,
para que se haga un escarmiento en ellas.
RAQUEL
Está bien; mas de Hernando las audacias
se deben castigar.
RUBÉN
Ya le destierras
MANRIQUE
Y yo, Raquel, que le he notificado
el orden, soy testigo de la fiera altivez
con que a ti y a tus decretos vilipendió.
RAQUEL, levantándose
Pues luego se le prenda;
como a reo de Estado se le trate,
y probada su torpe inobediencia,
hoy le vea Toledo en un cadalso,
donde a un verdugo rinda la cabeza.
RUBÉN
Corto castigo a tanta demasía.
Aqueso sí, Raquel: todo perezca
cuanto a tu elevación contradijera,
cuanto pueda oponerse a tu grandeza.
Haz que Castilla sienta tus rigores;
de sangre criminal las calles riega;
no quede Castellano sospechoso
que no adore tu planta o que no muera.
RAQUEL
¡Cómo adulan mi oído esas palabras!
¡Cómo, Rubén...!
CASTELLANOS, dentro.
Sin nota de vileza
ya sufrir más la lealtad no puede.
RAQUEL
Rubén, ¿qué nueva confusión es ésta?
GARCÍA. dentro.
Reportaos, Castellanos: no desdore
vuestra fama y renombre acción tan fea.
CASTELLANOS, dentro.
Es tiranía, ya sufrir no puede
la lealtad sin nota de vileza.
MANRIQUE
Voces del Pueblo son alborotado.
RAQUEL
¿Del Pueblo? ¿Qué pretende?
RUBÉN
Acaso intenta
demostrar con su pública alegría
que en tus elevaciones se interesa.
(¡Cuánta fuerza me hago al pronunciarlo!
Mucho temes, Rubén, mucho recelas).
RAQUEL
¡Ah de la Guardia! ¿Pero qué es aquesto?
¿Nadie me oye? ¡Ay de mí! ¿Todos me dejan?
Examina la causa de este exceso,
Manrique.
MANRIQUE
Al Rey con la mayor presteza
buscaré; que sabiendo tanto insulto
volará a remediarle. Vase.
RAQUEL
Ya más cerca
el rumor se oye.
CASTELLANOS, dentro
Ya sufrir no puede
la lealtad sin nota de vileza.
RUBÉN
¡Ay de mí!, ¿qué es aquesto? El pueblo todo
segunda vez se arma en nuestra ofensa.
¿Dónde me esconderé que el riesgo evite?
RAQUEL
¡Ay de mí triste! ¿qué desdicha es ésta?
¿Qué es aquesto, Rubén? ¿No has escuchado?
RUBÉN
Éstas son las funestas consecuencias,
que por más que esforzaba el artificio,
temí de mi ambición y tu soberbia.
Del extremo peligro en que nos vemos,
ella ha sido la causa; considera
el triste fin que las maldades tienen,
y huye de tanto riesgo como puedas.
No pongas más en mí la confianza;
que no valen ya astucias ni cautelas. Vase.
RAQUEL
¡Oh caduco traidor! ¡Qué tarde llego
a conocerte! Tus inicuas reglas,
tus consejos mi mal han producido.
¿Y ahora de mí huyes y me dejas?
Mas ¡ay de mí! ¡Oh Alfonso descuidado,
con cuán justa razón lloré tu ausencia!
¿Qué haré? Dame remedio, ingenio mío.
Mas ¡ay! que la atrevida voz sangrienta
entre quejas me íntima mi desgracia,
diciendo que el sufrir es ya vileza.
Ya el tirano cuchillo, que el airado
brazo contra mí esgrime, me amedrenta:
y ya parece que en copiosas fuentes
el humor se desata de mis venas.
¡Que horrorosa es la imagen de la Parca
a un alma enamorada! ¡Oh, quién pudiera
revocar con el aire de un suspiro
a Alfonso! Pero ya que se decreta
mi muerte, el contemplar que es por amarle,
menor hace el dolor, menor la pena.
Y vosotros, ministros injuriosos
de la ferocidad y la inclemencia,
llegad apresurados. ¿Qué os detiene?
Dad la muerte a Raquel, que ya la espera.
Sale García.
GARCÍA
La vida vengo a darte, no la muerte;
aunque no fuera extraño lo temieras,
cuando ofendes mi honor con tanto ultraje.
El Pueblo (ya lo escuchas) la sentencia
fulmina contra ti, y en mil espadas
te amenaza la muerte; su fiereza
ni atiende mi valor ni mi respeto.
La misma guarnición, que en tu defensa
ha llegado, común hace la causa.
Tomadas están ya todas las puertas
para lograr su intento. Yo que a Alfonso
venero con la fe más verdadera,
que cuido del honor de su corona
y sólo su servicio me desvela,
cuando todos tu muerte solicitan,
guardo tu vida; mi lealtad atenta,
al salir a la caza, le esperaba
para avisarle de la torpe y fiera
resolución del pueblo: mas él, ciego,
por adular tu indignación proterva,
no sólo no me oyó, pero ni quiso
admitirme siquiera a su presencia.
Y aunque pudo el desaire retraerme
de mi designio, válgate el ser prenda
de mi Rey y Señor, el ser yo noble,
el ser leal Vasallo: mis querellas
personales pospongo a su decoro;
que esto manda el honor y la nobleza.
RAQUEL
¿Cómo, aleve traidor ... ?
GARCÍA
Raquel, no es tiempo
ni de satisfacciones ni de quejas.
Yo soy leal: jamás tu muerte quise,
y si lo quieres ver, tienes la prueba.
Resuélvete. Raquel: a esos jardines
de la Torre vecina da una puerta
que el no uso tiene ya casi olvidada.
Criados y caballos que me esperan,
prevenidos están; el inminente
riesgo salvemos; demos así treguas
a que volviendo Alfonso, se remedie
tan grave mal.
RAQUEL
Ya alcanzo tus cautelas.
¿Quieres valerte tú de ese artificio
para hacer tu venganza más secreta?
GARCÍA
Mira, Raquel, que el tiempo se malogra.
RAQUEL
Muera yo, como nada a ti te deba.
GARCÍA
Advierte que tu muerte es ya precisa.
RAQUEL
Si te creyese, más precisa fuera.
GARCÍA
¿Que, en fin, quieres perderte?
RAQUEL
No te escucho.
GARCÍA
¿No me quieres seguir?
RAQUEL
Estoy resuelta.
GARCíA
Así mueres sin duda.
RAQUEL
¿Y si te sigo,
será acaso mi muerte menos cierta?
GARCíA
Pues si hubiera artificio en mis palabras,
y aspirara a vengarme, ¿no lo hiciera
impunemente por ajena mano
en tanta confusión?
RAQUEL
En vano empleas
razones que no pueden persuadirme:
si falsas, porque es bien guardarme de ellas:
y si son verdaderas, porque el hecho
me llena de rubor y de vergüenza. Vase.
GARCíA
¡Válgame Dios, cómo permite el cielo
que los malos se cieguen, cuando intenta
castigar sus delitos y maldades!
¿Pero qué podré hacer? Ya la violencia
penetra hasta este sitio.
[Alvar Fáñez y los castellanos penetran en el Salón
del Trono. La muerte de la favorita parece inevitable].
Salen Alvar Fáñez y Castellanos, con las espadas desnudas.
CASTELLANOS
Muera, muera,
RAQUEL
Traidores... Mas ;qué digo? Castellanos,
Nobleza de este Reino, ¿así la diestra
armáis con tanto oprobio de la fama
contra mi vida? ¿Tan cobarde empresa
no os da rubor y empacho? ¿Los ardores
a domar enseñados la soberbia
de bárbaras escuadras de Africanos,
contra un aliento femenil se emplean?
¿Presumís hallar gloria en un delito,
y delito de tal naturaleza
que complica las torpes circunstancias
de audacia, de impiedad y de incidencia?
¿A una mujer acometéis armados?
¿El hecho, la ocasión, no os avergüenza?
¿Será blasón, cuando el Alarbe ocupa
con descrédito vuestro las fronteras,
convertir los aceros a la muerte
de una flaca mujer, que vive apenas?
¿Qué causa a tal maldad os precipita?
¿Qué crueldad, qué rigor, qué furia es ésta?
ALVAR FAÑEZ
El hábito, Raquel, de hacer tu gusto,
y tu misma maldad hacen no veas
las causas, los principios de este enojo:
bien lo sabes. Raquel; bien lo penetras,
y bien tu disimulo nos confirma
la justicia y razón que nos alienta.
RAQUEL
¿Pues mi delito es más que ser amada
de Alfonso? ¿que pagar yo su fineza?
¿En cuál de estas dos cosas os ofendo?
¿Está en mi arbitrio hacer que no me quiera?
Si el cielo, si la fuerza de los astros
le inclinan a mi amor, ¿en su influencia
debo culpada ser? ¿Puede el humano
albedrío mandar en las estrellas?
Mas ya sé que diréis que mi delito
es el corresponderle. Cuando intenta
la malicia triunfar, ¡oh, cómo abulta
frívolas causas, vanas apariencias!
¿Pude dejar de amarle siendo amada?
Si un Rey con sólo su precepto fuerza,
a su imperio juntando las caricias,
su amor, su halago, las heroicas prendas
que le hacen adorable, ¿bastará
algún esfuerzo a hacerle resistencia?
Juzgad con más acuerdo, oh. Castellanos;
ved que el enojo la razón os ciega:
remitid esta causa a más examen:
atended...
ALVAR FAÑEZ
Ya está dada la sentencia.
RAQUEL
Mirad que es la pasión quien la fulmina.
ALVAR FAÑEZ
No, tirana: tu culpa te condena.
RAQUEL
¿Qué en fin he de morir? Aqueste llanto...
ALVAR FAÑEZ
No nos mueve, Raquel: no tiene fuerza.
RAQUEL
¿Lo negro de la acción no os horroriza?
ALVAR FAÑEZ
Si de la Patria el bien se cifra en ella,
timbre la juzgarán, y si de Alfonso
el honor restauramos, es proeza.
RAQUEL
¿Y su honor restauráis, cuando atrevidos
muerte le dais? ¿Sabéis que se aposenta
su alma con la mía?, ¿que es mi pecho
de su imagen altar?, ¿que de las fieras
puntas que penetraron mis entrañas,
es fuerza que el dolor las suyas sientan?
¿No veis que él morirá si yo muriere?
ALVAR FAÑEZ
El rayo del furor la torpe hiedra
abrasará, sin que padezca el tronco
que ella aprisiona con lascivas vueltas.
RAQUEL
¿El amarle llamáis...?
ALVAR FAÑEZ
Amor te mata:
si él te ofende, Raquel. de amor te queja.
RAQUEL
No, traidores: no, aleves; no, cobardes:
y si porque amo a Alfonso me sentencia
vuestra barbaridad, no me arrepiento:
nada vuestros rigores me amedrentan.
Yo amo a Alfonso, y primero que le olvide,
primero que en mi pecho descaezca
aquel intenso amor con que le quise,
no digo yo una vida, mil quisiera
tener, para poder sacrificarlas
a mi amor. ¿Qué dudáis? Mi sangre vierta
vuestro rigor. Al pecho, que os ofrezco
tan voluntariamente, abrid mil puertas:
que no cabrá por menos tanta llama,
tanto ardor, tanto fuego, tanta hoguera.
RUBÉN, sacando el puñal.
A lo menos Rubén sin defenderse
no ha de morir.
ALVAR FAÑEZ
Matadlos. Mas no sea
nuestro acero infamado con su sangre.
Este Hebreo que el cielo aquí presenta,
ha de ser, Castellanos, su verdugo.
Tú, Rubén, si salvar la vida intentas,
pues consejero fuiste de sus culpas,
ahora ejecutor sé de su pena.
RAQUEL
¡Oh, cielos, qué linaje de tormento
tan atroz!
RUBÉN
¡Yo...!
ALVAR FAÑEZ
Rubén, no te detengas,
Poniéndole la espada al pecho.
si pretendes vivir.
RUBÉN
Pues si no hay medio,
conserve yo mi vida, y Raquel muera.
Hiérela.
RAQUEL
¡Ay de mí!
ALVAR FAÑEZ
Pues está ya herida, huyamos.
Vanse Alvar Fáñez y Castellanos.
RAQUEL
¿Tú me hieres, Rubén? ¿Tú? ¿Satisfecha
no estaba tu maldad con haber sido
la causa de perderme -¡dura pena!-
sino que eres, infame, el instrumento
de mi muerte también; Mas no es tu diestra,
Hebreo vil, la que da la herida:
amor me da la muerte. ¡Qué torpeza
mis miembros liga! ¿Amado Alfonso mío,
dónde estás? ¿Qué descuido así te aleja?
¿Así morir conscientes a quien amas
¿En tanto mal a quien te adora dejas?
Vuela, Alfonso. ¡ay de mí! ¡Oh amor! ¡Oh muerte!
Apoyándose en la silla.
Y tú, oh Trono, que causas mi tragedia,
ayuda a sostener el cuerpo débil,
que el alma desampara; Alfonso. vuela,
y recibe este aliento, que el postrero
es de mi vida. ¡Ay Dios! ¡Qué mal se esfuerza
el corazón! Alfonso... amado Alfonso...
¿Qué te detiene? ¿Cómo a ver no llegas ... ?
Cayendo al pie de la silla.
Salen Alfonso y Manrique, escuchando.
ALFONSO
Cierta es ya mi desdicha. Mas ¿qué veo?
Precipitado hacia Raquel.
¡Raquel! ¡Ay infeliz! ¡Raque! ¿Tú muerta?
RAQUEL
Sí; yo muero; tu amor es mi delito;
la plebe, quien le juzga y le condena.
Sólo Hernando es leal: Rubén, ¡qué ansia!,
me mata. Y yo por ti muero contenta.
ALFONSO
¡Ay infeliz de mí! ¡Oh amor! ¿Oh golpe
duro y mortal! ¡Oh mano infame y fiera!
Raquel mía, mi bien, ¿quién de esta suerte
de púrpura tiñó las azucenas?
¿Cuál fue el aleve, cuál el fiero brazo
que la flor arrancó de tu belleza?
¿Qué tempestad furiosa descompuso
tu lozanía? ¿Qué envidiosa niebla
abrasó los verdores de tu vida?
¿Qué venenoso aliento, qué grosera
planta infame ultrajó tus perfecciones?
¿Quién el cobarde fue que en tu inocencia
ensangrentó el acero? Dueño amado,
mi Raquel, ¿no me oyes? ¿Tú te niegas
a Alfonso, Dadme muerte, penas mías,
Contigo glorias los pesares eran,
y sin ti ya, ¿qué puedo prometerme
que no sea dolor, pesar no sea?
¿Mas muerta tú yo vivo y no te vengo?
¿Qué es aquesto, dolor? ¿Qué es esto, ofensas?
¿Pero no dices tú: Rubén me mata?
¿Cuál el motivo fue? Pero qué necias
mis dudas son. Raquel. ¿Tú no le acusas?
Pues muera este traidor y con él mueran
cuantos... Mas, ¡cielos... Oh cruel! ¿alarde
Reparando en Rubén.
haciendo estás de tu delito?
RUBÉN
Templa
el furor un momento. mientras digo,
Alfonso, mi disculpa.
ALFONSO
¿Puede haberla,
traidor, para una acción tan horrorosa?
RUBÉN
De tus mismos Vasallos la violencia,
el temor de la muerte y su amenaza
me han obligado a hacerlo.
ALFONSO
¡Oh vil empresa!
Tómale el puñal.
¿Y ésa es disculpa? Amado dueño mío,
en venganza recibe de tu ofensa. Hiérele
La vida de este aleve por primicias
de otras muchas. Las lóbregas tinieblas
del infierno sepultan sus maldades.
RUBÉN,cayendo.
Quien con ellas vivió, muera por ellas.
Sale García
GARCÍA
Alfonso... ¿Pero qué es lo que estoy viendo;
ALFONSO
La más infame hazaña, la más fea,
la maldad más obscura y detestable.
Muerta ves a Raquel a la violenta
furia de mis vasallos.
GARCÍA
¡Qué desdicha!
Yo, Alfonso...
ALFONSO
Tu lealtad y tu nobleza
sé ya, Hernando: Raquel la ha publicado.
MANRIQUE
Sí, García: muriendo la confiesa.
ALFONSO
Mas al cielo protesto, que es testigo
de acción tan inhumana y tan sangrienta,
a los hombres, que el hecho escandaliza,
al mundo, que le culpa y le detesta,
a la fidelidad de los leales,
a mí mismo, a este Trono, cuyas regias
prerrogativas se hallan ultrajadas,
y a ti, oh Raquel, que con tu sangre riegas
de este lugar el trágico distrito,
la más atroz venganza, porque vean
los que tengan noticia de la injuria,
que si hubo quien osase cometerla
también hubo quien supo castigarla.
Venganza, amor: quien te ha ofendido muera.
Salen Alvar Fáñez y Castellanos.
ALVAR PAÑEZ, de rodillas.
Dices, Alfonso, bien: y si pretendes
satisfacción tomar de esta que ofensa
acaso juzgarás y por servicio
reputamos nosotros, las cabezas
a tus pies ofrecemos, que no importa
morir cuando tu honor vengado queda.
ALFONSO, Poniendo mano a la espada.
¿Cómo, traidores? ¿Cómo, desleales...?
GARCÍA. deteniéndole.
Señor. si con vos tiene alguna fuerza
mi ruego, reprimid vuestros enojos:
a la justicia remitid la queja.
Mirad, Señor, que el celo los disculpa.
ALFONSO
Tienes razón, que el santo cielo ordena,
por más atroz que sea su delito,
que quien le cometió, disculpa tenga,
Yo tu muerte he causado, Raquel mía;
mi ceguedad te mata: y pues es ella
la culpada, con lágrimas de sangre
lloraré yo mi culpa y tu tragedia.
Yo os perdono, Vasallos, el agravio:
alzad del suelo, alzad. Sírvaos de pena
contemplar lo horroroso de la hazaña
que emprendisteis en esta beldad muerta.
TODOS
Confusión y dolor causa su vista.
GARCÍA
Escarmiente en su ejemplo la soberbia:
pues cuando el cielo quiere castigarla,
no hay fueros, no hay poder que la defiendan.