Salmo 18, de Benito Arias Montano.
Canten los cielos con callado acento
la alta proeza del autor inmenso;
muestra la hazaña de su diestra mano
el cielo estrellado.
Sin que descanse de volver su rueda,
muestra el presente al futuro día;
va pregonando la callada noche
lo que se espera.
No hay lengua o gentes tan varias ni estrañas
do no se entienda tan divino canto,
pues su armonía, del uno al otro polo
va resonando.
Puso el asiento del dorado Febo
firme en el medio de las claras ruedas.
Como el esposo, de su rico toldo,
sale al aurora.
Como gigante no cansado, y fuerte,
corre de oriente hasta el otro extremo,
torna a su puesto por la oblica senda;
todo lo alumbra.
Mas, ¡oh ley pura del Señor supremo!,
que al alma errada vuelves a la senda;
testigo firme de Dïos, y lumbre
clara a ignorantes.
Sacras veredas sin torcida vuelta
que, al que os camina, dais perfecto gozo,
¡oh vía láctea!, que a los ciegos ojos
quitas el velo.
Santo es el miedo de paterna ofensa,
que alinda siempre con eternidades;
sus juicios lisos, sin doblez ni ruga,
son sin enmienda.
Oro de Tíbar ni preciosa gema
vido el deseo con que comparallos,
ni vido el gusto meles tan sabrosas,
panal tan dulce.
Y ansí tu humilde siervo cuidadoso
vela en su guarda, porque en ella siente
que se atesora cuanto el cielo puede
dar de esperanza.
¿Quién será puro de delitos tantos,
tan abscondidos? ¡Oh pureza santa!,
límpiame dellos, y también me libra
de los ajenos.
Que aunque combatan, quedaré yo puro,
si no me rinden al soberbio asalto,
y el enemigo quede todo limpio
de alevosía.