Ruinas, de Antonio Sáez Delgado.
I
El día entona su última canción,
el latido final de la tarde nos espera.
Tu voz pasea entre sombras, llegada de un tiempo que arrastra sacos de arena
y los vierte en la memoria. Piensas en el deseo que alentó otras veces
tu vida, y que cubre ahora toda la estancia con sus viejas mantas remendadas,
como un vagabundo que dormita sobre un montón de escombros.
Lo sé. El tiempo todo lo devasta. Es vano este empeño de transitar
cada día un paisaje de casas desoladas como animales heridos. Lo sé.
El ruido de la nostalgia se hace insoportable. Camino de una estación
a otra del infierno.
II
El sonido de las viejas maderas imita el ruido del mundo.
Es verdad que hubo un tiempo en que las horas se entregaban bañadas por
la lluvia, con una suavidad extraña, como el murmullo lejano de una oración
sin sentido.
Sobre las sábanas se alza una hoguera en la que arden las voces de otros
días. Hay flores marchitas cerca de las brasas. No es difícil
escuchar los lamentos que construyeron las paredes de tu casa en otro tiempo.
El corazón tiembla al oír tu voz crepitando entre un mar de susurros
mientras, junto a ti, un cuerpo desnudo respira en su propia oscuridad, ajeno
al fulgor que alumbra el dormitorio como un vagón de soledades que nunca
se detiene.
III
La noche abre sus ojos infinitos y se hace imposible reconocer los pocos restos
de vida abandonados tras estas paredes.
En la memoria resuena la más triste de todas las canciones. Te habla
del miedo y de sueños que son llagas en el desierto de los años.
Arena y ceniza se mezclan hasta dibujar el perfil exacto del tiempo.
La luz va cediendo a la fuerza de la noche. Con la oscuridad se disipan los
límites de la existencia como lo hace la silueta de la casa.
El frío convierte en ruinas el paisaje de este otoño.
IV
Otra vez las estanterías. Introduzco lentamente los libros en cajas de
cartón y me detengo a veces ante algún recuerdo. Salen a la luz
los oscuros huéspedes de los entresijos de libros y anaqueles: una fotografía,
un par de billetes de tren, postales con la voz de un amigo venida de lugares
que nunca visitaste.
Poco a poco, el orden de las baldas va cediendo a la fuerza de tu mano. Y enciendes
la radio y te dejas llevar por la misma dulzura de aquellos domingos en que
su voz era la única música que hacía girar el mundo. Con
ella vuela el tiempo hasta la última ocasión en que desmontaste
los muebles y vitrinas. Era entonces el viaje más largo, más difícil
sin duda.
Las estanterías también han sufrido muchos cambios. El polvo se
acumula sobre estas maderas que un día trabajó mi padre y deja
sobre el aire un frío presagio que nos hace temblar en medio de esta
luz que parece borrarlo todo.
Con los años, descubrimos que sólo se viaja en el tiempo, y aprendemos
a domesticar los recuerdos y a construirlos a nuestra imagen y semejanza. No
sabemos qué se esconde tras cada día de luz pálida que
nos acoge como huéspedes pasajeros, como los frágiles habitantes
que desafían al polvo que cubre irremisiblemente el mundo.
V
El cielo está quieto y mudo, devora todo en la fría penumbra de
esta soledad agreste, ajeno a la erosión feroz de la costumbre.
Una nube atraviesa la memoria.
Entre las ruinas reluce un puñado de mentiras, la vida disfrazada con
ropas de diario.
¿Qué armas nos quedan ante tanto pasado, sino habitar esta luz
mansa que cae sobre nuestros pasos y resuena siempre en la distancia?
VI
Una música extraña incendia el bosque que has construido durante
tantos años y, sin embargo, todo es reposo en esta hora.
Nada espero que no sea esta lentitud que inunda el alma, sabiendo que el mundo
gira, monstruoso y sin prisa, ajeno al gesto que te devuelve la vida.
Hoy ha brotado en la terraza la primera flor de esta primavera. Leve y sutil,
enferma casi de tanta felicidad. Y el día se desnuda ante la belleza
de esa imagen que se refleja en el agua que vierto delicadamente en su maceta.
Todo vuelve a ser perfecto.
¿Quién se atrevería a quebrar ese frágil tallo que
hace girar en este instante la pesada noria de ese mismo mundo y da sentido
al mapa en blanco en que se convierte la esperanza?
VII
La memoria es ahora un montón de ascuas humeantes en medio de un paisaje
desolado. Los días son barcos que se hunden lentamente rasgando la piel
del mar, con su hondo lamento que hace temblar el telón del horizonte.
El ruido de la ciudad se concentra en mi cabeza, y anuncia con su oxidada monotonía
el sarmentoso paso de la vida. Queda atrás la tierra al atravesar esta
puerta; atrás, muy atrás quedan las voces ahogadas por el azote
del tiempo.
El espejo de la noche se abre a las tinieblas del mundo.
VIII
Anochece. La bruma destruye el paisaje en el que tiene sentido esta casa y la
deja vacía, hueca, esperando que la quietud del momento cobije algún
milagro.
El suelo que pisas se llena de grietas.
El recuerdo es el arma inútil, el huésped definitivo de una hoguera
que nunca se agota. Las brasas de otros días reposan a tu lado vayas
donde vayas.
¿Cómo no me había dado cuenta de que mi corazón
también ardía?
IX
El propio incendio calma tu espera. El eco de un latido asegura el regreso a
una casa habitable.
¿Qué es esta serena fuerza que ensancha el alma y la apega a la
vida?
X
Llega el momento de ver en silencio el tránsito de los días felices
hacia otra estancia.
Habitamos un paisaje de cartón en el que la vida no es más que
una caja de zapatos olvidada en el fondo del armario. Un día la descubrimos
casi sin quererlo y nos esforzamos por ver los tesoros que abriga: el valor
de una palabra, el calor de un abrazo, la vida de un amigo. Cosas que no caben
en una caja de cartón y que por eso, a veces, hacen que estallen sus
frágiles paredes construidas con nombres que cubre el polvo.
XI
En lo que queda del mundo, unos hombres construyen paredes que apuntalan con
maderas quebradas. Uno de ellos coloca una flor en un vaso de cristal.
Es imposible no verlo, la escena se repite en todas partes. Un soplo de viento
destruirá lo que han creado con sus manos.
Más allá del bosque se prolonga la tarde, aguarda una luz diferente,
más alta.
XII
La casa está desierta en este instante en que la luz se concentra en
la terraza.
Posas delicadamente tu mano sobre mi hombro y se reconcilian estas horas de
otoño con las densas neblinas de otro tiempo. Pasamos así los
días, en su lentitud, presintiendo la frágil frialdad del mundo,
sin reparar en el polvo oscuro y húmedo que crece sin remedio a nuestro
alrededor.
¿Qué es ese leve rumor que alivia esta espera y que hace que aniden
aves en el pecho como lo hacían en otro tiempo? Se ilumina el mundo con
ese sencillo gesto, con ese temblor de la piel desnuda que nunca fue tan transparente.
A ratos se desvanece la niebla y es azul y dorada la alegría.