Miradores,
de Antonio Sáez Delgado.
VIAJES
Sé muy bien que todas las ciudades
en realidad son invisibles
y que las hogueras de noviembre
son hijas de la ausencia,
que el viaje es como un espejo
y el espejo es la memoria
y también que no conoce la sombra
más territorio que la huida.
Sé muy bien que los niños
nacieron en el sur
y que sólo las nubes
pronuncian sus nombres;
que el dulce aroma del regreso
anuncia que nunca viajamos solos
y que la música de las esferas
no me reveló cuál debía ser el destino
sino, únicamente, cuál sería el viaje.

JARDINES INTERIORES
Corre el tiempo y une los recuerdos
hasta construir una vida entera,
siembra así con pasos lentos la vida
y acaba por darnos unas horas que visten
sólo máscaras y disfraces. Mas resta
siempre al pasajero el débil consuelo
de regresar a lo vivido,
como una caricia dilatada
en la demora del adiós y bañada
en cierta lluvia silenciosa,
en el fabuloso navío del sueño.
Siente entonces la memoria su júbilo
más alto y sincero, ya que los tenues
campanarios del alma hacen danzar
sus altas emociones sin respiro
por los apacibles jardines de la noche.

RUA BERNARDO DE MATOS
Tardes habrá en que lo único que reste
sea imaginar la fatiga del sol, su tránsito
hacia otros lugares, quedarse muy callado
e inmóvil, al cobijo de una taza caliente,
mientras la sabia ciudad se despide del día
con la tibieza misma con que saludamos
a un vendedor cualquiera de fruta madura.
Pues al fragor de una de esas viejas tiendas
que inundan la rua Bernardo de Matos,
donde crecen los periquitos en portalones
y se embriagan del aroma siempre intenso
del membrillo y la naranja, muy cerca aún
de la plaza empedrada, he imaginado hoy
una infancia entre las florestas lejanas
de estos frutos maduros, entre la delicada
monotonía de aquellas voces desdibujadas
y el anegado memorial de las estaciones.
Entre las idas y venidas de compradores
podría haber vivido aquí y aquí soñado;
mas no sabría entonces con qué mirada
descubrir el cielo azul que con su velo cubre
las blancas casas que rodean la fuente soleada.
Tal vez, he imaginado, ni siquiera gozar
podría, por la costumbre, con la simple visión
de este paisaje inmóvil, imaginario.

MUDANZAS
Con la breve ingenuidad con que estos almendros
dejan caer sus flores al viaje de los vientos,
con la ruina misma de quien se siente ahogado
entre la marea procelosa del invierno
en que se divaga el mundo esta mañana,
con esa quietud, manso silencio del camino
que condujera siempre a un mismo pasaje,
me he detenido aquí, cerca aún de la ciudad,
para amar mejor este sol extranjero,
para sentir que del viajero no es el mismo quien va
y quien viene, por tener la certidumbre
siquiera de que nada está sucediendo
y de que ya nadie podrá variar el camino
a la ciudad ni el trayecto del sol, el agua
quieta que la tierra desconoce o el posible
regreso a la escena del sosiego.