Romancero de Hernán Cortés, de
Antonio Hurtado.
Fragmentos
(ROMANCE XV, «LA BATALLA DE TLASCALA», BATALLA QUE TUVO LUGAR EN
EL MES DE SEPTIEMBRE DE 1519, Y FUE EL PRIMER GRAN ÉXITO DE ARMAS QUE
OBTIENE EL EXTREMEÑO TRAS LA LEGENDARIA QUEMA DE LAS NAVES Y SU INCURSIÓN
EN EL INTERIOR DE MÉJICO):
Erguidos, como peñascos
que en medio un monte descuellan,
siendo pedestal de nubes
y escándalo a las tormentas,
la señal de la embestida
los bravos indios esperan;
que es su regalo el combate,
y es su gloria la pelea.
A la luz del sol, que asoma
tras las empinadas crestas
del horizonte lejano,
que el manto del cielo besan,
parece aquel campamento
un ancho mar de cabezas,
cuyas ondas de colores
saltan, se empujan, se aprietan,
van, vienen, corren, se agitan,
se alborotan y condensan,
reverberando mil luces
cuando en la playa se estrellan.
De pronto los atabales
de combatir dan la seña,
y una sorda gritería
la región del aire llena.
Cúbrese el cielo de polvo,
silban las agudas flechas,
y de las hondas, zumbando
salen un millón de piedras,
que al dar sobre las corazas
compasadamente suenan,
como en los tersos cristales
el granizo martillea.

Escucha: en medio el combate,
¿no has visto acaso un guerrero
de gigantesca estatura,
cuya mirada es de fuego,
cuyas plantas son de bronce,
cuyos brazos son de acero?...
¿No le has visto en la pelea
siempre lanzarse el primero,
iracundo como el tigre,
de espuma y sangre cubierto,
a los suyos azuzando
con ronco y temible acento?...
¿Sí?... pues por mi amor te pido
que evites, Hernán, su encuentro,
que siempre ha seguido el rayo
al estampido del trueno.
Húyele, Hernán, por tu vida,
porque a su empuje tremendo,
siempre de los altos montes
se ha estremecido el asiento.
Ese caudillo valiente,
tan valiente como fiero,
que hoy es la sola columna
en que se afirma el imperio,
sé que ha jurado tu muerte,
porque le matan los celos.
Amábame desde niño
con un amor tan violento,
que hasta del sol envidiaba
los purísimos reflejos,
y al aire que mansamente
jugaba con mis cabellos.
Mil veces, cuando la luna
surcaba serena el cielo
y en las entrañas del monte
sonaba confuso el eco
del rugido de algún tigre,
que cruzaba el bosque, hambriento,
le vi apoyado en su maza
con el corazón sereno,
en frente de la cabaña
do pasé mis años tiernos.
Y allí, en las ramas de un árbol
elevado y corpulento,
en prueba de sus amores
colgaba, como trofeos,
pieles de tigre vencidos,
mudas pruebas de su esfuerzo.