Las mañanas del Retiro, de
Antonio Hurtado.
Fragmento
Era maravilloso tender los ojos y descubrir al través de las hojas la
sombra de una niña fugitiva: era encantador oír al pasar entre
la espesura palabras vagas, risas comprimidas, y ecos parecidos a los suspiros.
Un poeta alemán hubiérase figurado estar en la mansión
de las hadas, y hubiera creído que la niña corría detrás
de una mariposa de oro, que aquellas palabras vagas eran notas musicales, y
que las risas y los ecos eran gemidos del viento. Pero yo que no soy poeta,
y mucho menos alemán, empecé a traducir aquellas correrías
y aquellas palabras y aquellos ecos, fijando la atención en todo, con
esa atención no de un filósofo, sino de un cirujano anatómico.
Un hombre solo apenas hace bulto, y cuando el hombre se mete entre los árboles
el apenas está de más; las pisadas de un hombre no causan mucho
ruido, pero cuando hay hojas que se mueven, pájaros que cantan, niñas
que corren, parejas que hablan y suspiran, las pisadas de los hombres tienen
eco, no suenan. Así es que fiado en estas dos verdades me deslicé
por entre los árboles, y vi; como los árboles y las paredes de
césped no son un gran dique que digamos, abrí los oídos
y escuché.
Y lo primero que vi fue a una señora, antigua conocida mía, que
acababa de encontrarse por casualidad con un joven de buena traza que llevaba
un ramo de rosas en la mano.
-«¿Vd. por aquí, amigo mío? dijo la dama; «no
le creía a Vd. aficionado a las flores ... ».
-«Ha creído Vd. muy mal, señora. Me muero por una rosa».
La dama se sonrió con orgullo, y yo dije para mí: «comprendo
el equívoco: no todas las rosas tienen espinas».
-«¿Ha venido Vd. sola?»... continuó el joven.
-«Sola enteramente, no».
-«Perdone Vd. No había visto al buen justo».
Justo era el lacayo que caminaba a cierta distancia, llevando la sombrilla de
la señora.
-«¿Y el esposo? ¿Lo deja Vd. en la cama? ... ».
-«Salió ayer tarde para el Escorial... va por quince días».
-«Si no le es a Vd. molestia mi compañía ... ».
-«No, hijo mío, con mucho gusto» exclamó la dama cogiéndose
del brazo del joven». Pasearemos hasta las doce y si Vd. no tiene inconveniente
almorzará conmigo ... ».
El joven se inclinó graciosamente, y yo seguí mi camino deseando
tropezarme con alguna casualidad parecida. Desgraciadamente, para mí,
todas las rosas tienen espinas.