Corazones y arroyos, de Antonio Hurtado.
No te enamores, niña,
no te enamores:
mira que son arroyos
los corazones;
que de pasada,
suspiran, piden, logran,
y al fin escapan.
Y en vano es oponerles
grillos de oro,
que son los corazones
cual los arroyos:
luchan y bregan
hasta que el dique rompen
que los sujeta.
Festivo el arroyuelo
baja del monte,
y a oponérsele salen
guijas y flores;
repara, niña,
cómo el arroyo salta
flores y guijas.
Corazones y arroyos
van fugitivos;
no quieras detenerlos,
cariño mío;
que de pasada,
suspiran, piden, logran,
y al fin se escapan.