Erasmismo.
Se conoce con el nombre de erasmismo
la ideología basada en las ideas y teorías de Erasmo de
Rotterdam. El humanista holandés influyó
considerablemente en toda Europa, pero fue en España donde su
autoridad gozó de mayor aceptación. Aquí se
publicaron en castellano muchas de sus obras y se hicieron comentarios
a las mismas por parte de diversos humanistas de prestigio. La
Universidad de Alcalá fue uno de los principales focos
erasmistas en la península, pero incluso personajes muy
próximos al emperador Carlos V eran declarados partidarios de
Erasmo. Por señalar algún dato concreto, Juan De
Valdés publicó en 1529 el Diálogo de la
doctrina cristiana donde recogía las tesis erasmistas de la
piedad íntima y personal. Denunciado a la Inquisición
fue benignamente tratado por el tribunal que lo juzgó, compuesto
en su mayor parte de teólogos próximos a las tesis de
Erasmo. En esta misma línea generalizada de fervor erasmista hay
que incluir la célebre e irónica frase de El Brocense: Quien dice mal de Erasmo, es
fraile o es asno. Las únicas voces discordantes -le acusaban
de luterano- en esta aceptación masiva provinieron de
círculos cercanos a las órdenes religiosas, duramente
criticadas por Erasmo y sus seguidores, aunque hay que señalar
que muchos de los principales erasmistas fueron religiosos
pertenecientes a muy diversas congregaciones.
En general, la lectura de las
obras de Erasmo provocó en España tres consecuencias
básicas: el prestigio de los estudios clásicos o de las
humanidades; la acentuación de la piedad interior y personal, y
una renovación de los estudios de la Sagrada Escritura que entre
nosotros se encontraban en franco retraso con respecto a Europa. Y
así Bataillon ha podido afirmar que para España el
erasmismo fue un movimiento positivo de renovación
espiritual y un esfuerzo de cultura intelectual dominado por un ideal
de piedad.
Durante los
primeros años del reinado de Carlos V, el erasmismo se impuso
de forma absoluta en España, pero a partir de 1530 las cosas
empiezan a cambiar radicalmente. En el año 1536, por ejemplo,
hay noticias de la prohibición de los Coloquios de
Erasmo en español. Al mismo tiempo, la Inquisición
desata una dura represión contra los erasmistas, que se va a
acentuar con la abdicación del emperador en 1556. En ese
momento los países católicos están a la
defensiva frente a la extensión de la doctrina luterana y los
controles internos se multiplican para impedir el contagio. El
problema radicaba en que la Inquisición consideraba a Erasmo y
a sus teorías como un camino directo hacia Lutero y hacia la
fe protestante.
En el segundo
proceso inquisitorial abierto contra Francisco
Sánchez
de Las Brozas, el fiscal, tras la enumeración de
los cargos que pesan contra el catedrático de Salamanca
concluye: Item,
que de todo el discurso del dicho libro (Sobre los errores de
Porfirio) se colige que es éste reo tal hereje, temerario, muy
insolente, atrevido, mordaz, como lo son todos los gramáticos
y erasmistas. ¡Como si el estudio de la
Gramática fuera una especie de sacrílega herejía!
Este hecho anecdótico nos ilustra perfectamente acerca del
ambiente que en España se respiraba en la segunda mitad del
siglo XVI con relación a Erasmo y sus doctrinas. Según
algunos investigadores, los últimos restos del
humanismo erasmista aparecen en el Quijote
y en algunas Novelas ejemplares de Cervantes; erasmismo
que éste habría recibido de su maestro y mentor
López
de Hoyos, declarado simpatizante de Erasmo de Rotterdam.
En la España
de la segunda mitad del siglo XVI, llamar erasmista a un
teólogo, a un profesor universitario, a un humanista o a una
persona sencilla no relacionada con el mundo del saber, era una de
las más graves acusaciones que se le podía hacer y,
normalmente, suponía ponerlo en manos de la
Inquisición. La palabra erasmismo,
evidentemente, deriva de Erasmo de Rotterdam, sin duda la figura
más
sobresaliente del humanismo europeo de los
siglos XV y XVI. ¿Qué sospechosas teorías
albergó este pensador que tuvieron tan fatales consecuencias
para tantos españoles de la época?
Desiderio Erasmo
de Rotterdam nació en 1467 muy cerca de la ciudad cuyo nombre
tomó para sí. Hijo ilegítimo, quedó
huérfano a los dieciséis años e ingresó
en una orden religiosa, llegando a ordenarse de sacerdote.
Posteriormente fue liberado de sus votos religiosos, aunque
continuó
dentro del sacerdocio. Estudió incansablemente las disciplinas
humanísticas y Teología y viajó por toda Europa
relacionándose con los intelectuales y humanistas más
importantes de su tiempo en París, Inglaterra, Alemania, los
Países Bajos, Italia y Suiza, donde fijó su última
residencia y donde moriría en la ciudad de Basilea en 1536.
Erasmo vivió en la
difícil época de la reforma luterana, que desgarró
el corazón de Europa y la dividió en dos bandos
irreconciliables. El humanista holandés luchó siempre por
mantener su independencia intelectual y su criterio personal en unos
momentos en los que no mostrar adhesiones inquebrantables era altamente
sospechoso. Su influencia en todo el continente fue enorme: fue
nombrado consejero de Carlos V, Cisneros quiso incorporarlo a los
trabajos de la Biblia de Alcalá, el Papa Paulo III le
ofreció el cardenalato, los reyes de Francia e Inglaterra
quisieron atraerlo a sus respectivas órbitas, pero Erasmo
prefirió siempre su libertad personal antes que aceptar unos
cargos que, en cierta medida, le obligaban con respecto a quien se los
había otorgado.
La norma de su
vida parece haber sido la moderación, basada en una actitud
humanista de comprensión hacia todas las ideas y hacia
todas las posturas. Sin embargo, lo que entonces estaba en juego en
Europa era demasiado grave como para permanecer neutral. Lutero quiso
atraerle hacia sus posiciones dogmáticas provocándole a
aclarar su punto de vista sobre un grave problema teológico
que suponía una línea divisoria entre el luteranismo y
la Iglesia Católica: el margen de libertad del ser humano
frente a la acción de la gracia divina. Pero Erasmo
respondió
con su Disquisición acerca del libre albedrío
en el que se enfrentaba abiertamente a las ideas del reformador
alemán. Oficialmente Erasmo había tomado partido por la
Iglesia y desautorizaba las tesis de Lutero. No es de extrañar,
pues, que el propio Carlos V le dirigiera estas palabras: Gracias
a ti solo la cristiandad ha llegado a resultados que ni emperadores,
ni papas, ni príncipes, ni universidades, ni sabios
habían
podido alcanzar. El emperador se estaba refiriendo,
evidentemente, al inmenso prestigio del humanista holandés en
la Europa de su tiempo.
Erasmo produjo una
extensa obra cuyos hitos más significativos fueron los
siguientes: en 1550 publica los Adagios, primer trabajo suyo
que tuvo una amplia difusión. Se trata de una colección
de máximas y pensamientos recogidas por el
humanista de los escritores de la antigüedad clásica.
En un principio fueron unos ochocientos pero, en sucesivas ediciones
llegó a alcanzar los cuatro mil doscientos pensamientos.
En el Enquiridion
o Manual del soldado cristiano, 1504, Erasmo ofrecía
un auténtico programa de renovación religiosa que
pasó
más bien desapercibido. Poco tiempo después, en casa de
su amigo el humanista inglés
Tomás Moro, redactó uno de sus más conocidos
trabajos: el Elogio de la locura. En este libro, utilizando un
artificio literario -la locura, disfrazada como mujer- Erasmo
hace una durísima crítica de determinados estamentos y
grupos sociales, políticos, culturales y sobre todo
religiosos: el clero, los teólogos y las costumbres de algunos
frailes que no vivían como tales. En este tratado, sobre el
fondo de un escepticismo más o menos amargo, hay un intento de
reforma de determinadas estructuras, sobre todo religiosas, que
habían perdido el rumbo. He aquí, por ejemplo, lo que
afirma de los teólogos: Quizá
fuera más conveniente pasar en silencio a los teólogos
y no remover esa ciénaga. Ni tocar esa planta fétida,
no sea que tal gente, severa e irascible en el más alto grado,
caiga sobre mí en corporación con mil conclusiones,
para obligarme a cantar la palinodia, y en caso de negarme, pongan
inmediatamente el grito en el cielo llamándome hereje, que no
de otra suerte suelen confundir con sus rayos a quienes le son poco
propicios.
Preocupado por
los problemas de traducción de los libros de la Biblia y
deseando aplicar a ésta los cocimientos filológicos
humanistas, en 1516 presenta el Nuevo Testamento en griego,
pero con una traducción latina que difería notablemente
de la Vulgata de San Jerónimo, versión oficial de
la Iglesia. Este hecho, que parece un mero problema especulativo,
podía tener, sin embargo, consecuencias incalculables porque
demostraba que la Iglesia había estado utilizando traducciones
de la Sagrada Escritura que quizá no se correspondían con
toda exactitud a los textos originales. Esto lo vio, por ejemplo, el
profesor de la Universidad de Lovaina Dorpio, quien se dirige
epistolarmente a Erasmo en estos términos: No es de creer
que la Iglesia universal por espacio de tantos siglos anduviera errada;
que hizo uso de la Vulgata en todos los tiempos y aun ahora la aprueba
y la emplea… ¿Y cómo vas a saber tú, si te
hicieras con muchos códices, cuál de ellos fue
enmendado?… Yo digo adiós a los griegos y me adhiero a los
latinos con fuerza, porque no cabe en mi cabeza que los códices
griegos hayan conservado la pureza mejor que los latinos. Hay que
recordar, a este respecto, los problemas que tuvieron Arias Montano con la Biblia de Amberes o
Fray Luis de León por traducir al castellano El cantar de
los cantares, y tantos otros biblistas españoles de la
época.
La actitud
filosófica y humana de Erasmo, que podríamos calificar
como el justo medio, y su aversión a condenas tajantes
de las ideas y opiniones contrarias hizo que su figura y sus escritos
ofrecieran múltiples posibilidades interpretativas. Para
algunos, el humanista holandés fue un hereje que preparó
con sus tesis la Reforma luterana. Otros, por el contrario, pensaron
que había fundamentado las bases de una auténtica y
profunda renovación de la Iglesia, que ciertamente era
necesaria e inaplazable. Finalmente, otros consideraron al estudioso
holandés como un sabio humanista,
indiferente a cualquier confesión religiosa concreta, sea
luteranismo sea catolicismo. Desde nuestra perspectiva actual hay que
decir que el autor del Elogio de la locura consideró de
modo favorable algunas de las tesis de Lutero que buscaban la reforma
eclesiástica, pero que Erasmo se mantuvo siempre fiel a la
Iglesia Católica entre otras razones porque no estaba de
acuerdo con muchas de las formulaciones luteranas, como se puso de
manifiesto en el debate sobre el libre albedrío
reseñado al principio del artículo.
Por otro lado, Erasmo propugnaba una religiosidad íntima y personal mediante la cual el hombre pudiera comunicarse directamente con Dios. Lo importante es la actitud interior, los sentimientos personales y la limpieza de corazón. Por el contrario, critica duramente las prácticas religiosas externas -muchas de ellas absurdas- a las que tanta importancia se daba en la Iglesia anterior al Concilio de Trento: peregrinaciones, visitas a supuestas reliquias sin ningún viso de autenticidad, ayunos, abstinencias, etc.
No pienses tú –afirmaba- que está la caridad en venir muy
continuo a la iglesia, en hincar las rodillas delante de las
imágenes de los Santos, en encender ante ellos muchas candelas,
ni recitar las oraciones muy bien contadas. No digo que sea malo esto,
mas digo que no tiene Dios tanta necesidad de estas cosas.
¿Sabes qué llama San Pablo caridad?: Edificar al
prójimo con buena vida y ejemplo, con obras de caridad y con
palabras de santa doctrina, tener a todos por miembros de un mismo
cuerpo, pensar que todos somos una misma cosa.
Se podrá
observar la similitud de planteamientos entre Erasmo de Rotterdam y
las tesis de la Familia Charitatis, a la que perteneció
secretamente Benito Arias Montano.
No obstante,
siempre buscando esa posición media que le caracterizó,
Erasmo considera que la acentuación de la religiosidad
interior es compatible con una Iglesia organizada, revitalizada y
renovada. En este sentido, sus críticas a la relajación
de las costumbres morales del clero y de los religiosos, a la
excesiva riqueza de la Iglesia y a la preocupación de algunos
Papas más por el lujo y por la ostentación que por el
Evangelio estaban totalmente fundadas y eran ampliamente compartidos
por numerosos sectores de toda la cristiandad.
Erasmo trató
de ser un hombre conciliador en una época que exigía
adoptar posturas nítidas y tajantes, cosa que chocaba
frontalmente con su temperamento y con su visión
humanista de la vida. El
amor mutuo es el único precepto del Evangelio,
afirmaba. Y partiendo de este sencillo principio, mostró un
rechazo frontal a cualquier tipo de guerra, justa o injusta; se
oponía tajantemente a cualquier clase de fanatismo, en una
Europa que en buena medida estaba regida en el ámbito
político
y religioso por fanáticos de uno y otro bando; propugnaba unas
relaciones humanas agradables y justas, basadas en una educación
generalizada, etc.
A.A.M.