La
Inquisición. El Santo Oficio
Estamos
pasando por tiempos difíciles en que no se puede hablar ni callar sin
peligro [...] La fortuna continúa siendo igual y fiel a sí misma,
contra mi padre, contra todos los míos y aun contra mí mismo,
pues lo que hace con ellos pienso yo que lo hace conmigo.
Estas palabras del humanista Juan Luis Vives expresan
claramente la zozobra y angustia de un hombre perseguido sin piedad por el Santo
Oficio. La historia familiar de Vives ilustra de manera ejemplar el calvario
que miles de españoles padecieron por delitos de opinión o por
mantener creencias distintas a las admitidas oficialmente. Su padre, uno de
los abuelos, un primo, dos tías y otros parientes más lejanos
fueron condenados a muerte por judaizantes. El cadáver de su madre, fallecida
de muerte natural, fue desenterrado y quemados sus restos en un acto ciertamente
sin sentido. Es obvio que la Inquisición no actuó con la misma
brutalidad en todos los casos ni pudo mantener un nivel de represión
tan constante a lo largo de los siglos de su existencia, pero es una realidad
que gozó de un inmenso poder en la España de los siglos XVI, XVII
y XVIII y que su presencia en la vida cotidiana fue constante y amenazadora.
La organización
inquisitorial tenía una estructura piramidal. En el vértice
se hallaba El Consejo de la General y Suprema Inquisición,
conocido generalmente como La Suprema. Este organismo
controlaba con mano de hierro todo el entramado inquisitorial, tanto
en los aspectos jurisdiccionales como en los aspectos económicos
y trataba de coordinar las actuaciones de los distintos tribunales de
distrito que, en alguna ocasión, tendieron a actuar de forma
excesivamente individualista. Entendía, así mismo,
acerca de los delitos cometidos por los propios miembros del Santo
Oficio.
Buena
prueba de la íntima comunión entre monarquía e Inquisición
lo constituye el hecho de que todos los miembrosde La Suprema eran nombrados
personalmente por el rey. Pero es que, además, este Consejo era
uno más dentro del sistema de Consejos de la estructura administrativa
y política española. El poder de La Suprema bajo determinados
monarcas fue muy importante: al rey Felipe IV la Inquisición llegó
a prestarle dinero para el funcionamiento de la administración real.
Al frente de La
Suprema estaba el Inquisidor General, personaje temido y
respetado al mismo tiempo. El primero de todos ellos fue el dominico
fray Tomás de Torquemada, nombrado Inquisidor para Castilla y
Aragón, es decir para toda la península prácticamente.
Su nombre quedará para siempre unido al del Santo Oficio, ya
que dotó a la Inquisición del carácter que
mantendría a lo largo de varios siglos. Extendió la
maquinaria judicial del Santo Oficio por toda España y publicó
las Instrucciones de Inquisidores, que contenían
directrices para el correcto funcionamiento de los tribunales de
distrito, en un afán de centralizar la administración
inquisitorial y de unificar los criterios de los distintos
tribunales. Los juicios sobre esta figura controvertida han sido, en
general, unánimes sobre la crueldad de la represión que
desató en el reino, aunque a la hora de dar cifras concretas
acerca del número de víctimas, las fuentes difieren
notablemente. J. A. Llorente le atribuyó 10.820 quemados en la
hoguera; sin embargo otros historiadores cifran el número de
víctimas entre 2.000 y 3.000. En todo caso, se puede afirmar
de él que siempre aplicó las leyes en el sentido más
riguroso de las mismas. Irónicamente, parece que está
fuera de toda duda el hecho de que Torquemada descendía de
judeoconversos, lo que no es de extrañar, pues los conversos
sinceros eran los más crueles enemigos de los judaizantes.
El cargo de
Inquisidor General fue ocupado posteriormente por algunos hombres muy
notables, como el cardenal Cisneros, Adriano de Utrecht, futuro
Adriano VI, Alonso Manrique, poderoso arzobispo de Sevilla, etc. En
general, en el nombramiento de esta figura clave en el entramado
inquisitorial predominaron los criterios políticos, ya que su
designación era facultad real.
Por debajo de La
Suprema se situaban los tribunales territoriales que cubrían
toda la geografía española. Su número y
distribución fue muy variable y dependió de los
recursos económicos del Santo Oficio. En principio, los
distritos inquisitoriales coincidían con las divisiones
eclesiásticas, pero esto no era algo absoluto y los límites
de cada tribunal fueron cambiando de acuerdo con las necesidades y
posibilidades de la Inquisición. No obstante, se fue
produciendo un paulatino proceso de concentración. En
Valladolid, por ejemplo, se juzgaban las causa de toda Castilla la
Vieja. Esto explica que El Brocense, vecino de
Salamanca, muriera en Valladolid incurso en un proceso inquisitorial.
Santiago de Compostela era el tribunal para toda Galicia; Logroño
velaba por la ortodoxia en La Rioja y el territorio vasconavarro;
etc. Como dato curioso señalemos que las causas
inquisitoriales de Extremadura se juzgaban en el tribunal de Llerena,
ciudad en la que se desarrolló un poderoso grupo de
alumbrados, objeto de investigación y condena
inquisitorial. La Inquisición se extendió también
a la América española: en 1570 ya existían
tribunales en Lima y en México, con la particularidad de que
no tenían jurisdicción sobre los indígenas.
Estos
tribunales locales o de distrito a los que nos estamos refiriendo eran los que
realmente llevaban a cabo la tarea inquisitorial. Cada tribunal estaba compuesto
por varios inquisidores (dos o tres) uno de los cuales solía ser
un jurista y otro un teólogo, con el fin de abordar con garantías
todos los aspectos del proceso judicial. Porque no se debe nunca perder de vista
que la Inquisición, antes que nada, fue un tribunal que actuaba de acuerdo
con unas normas perfectamente definidas y a las que, en general, siempre se
atuvo. Las inspecciones por parte de La Suprema trataron de corregir
los abusos que a veces se detectaron en estos tribunales subordinados.
Además,
cada tribunal contaba con el asesoramiento de un número
variable de teólogos y profesores universitarios, llamados
calificadores, que asesoraban a los inquisidores en todo lo
relativo a la causa que juzgaban, y determinaban la ortodoxia o
heterodoxia del acusado sobre la base de las acusaciones y pruebas
aportadas.
Figura
especialmente importante en cada tribunal fue el procurador
fiscal, encargado de sustanciar las denuncias, de llevar a cabo
el interrogatorio de los testigos y, en definitiva, de aportar las
pruebas y de precisar las acusaciones que pesaban sobre el reo.
Cada tribunal
contaba, además, con una serie de personajes particularmente
llamativos dentro del entramado jurídico-administrativo de la
Inquisición: nos estamos refiriendo a los llamados familiares.
Se trataba de unos colaboradores laicos del Santo Oficio que
funcionaban como una especie de policía inquisitorial:
colaboraban en las detenciones, protegían a los inquisidores,
etc. Con frecuencia actuaron como un servicio de información y
delación de los tribunales inquisitoriales. A cambio de estos
servicios gozaban de una serie de privilegios notables: estaban
exentos de la jurisdicción de los tribunales ordinarios,
podían llevar armas y su pertenencia a la institución
probaba su limpieza de sangre. Todos estos privilegios, sobre todo el
último, hicieron muy apetecible el cargo, por lo que tuvieron
que dictarse normas para limitar su número. La actuación
y conducta de estos familiares no se ajustó siempre a los
criterios de justicia, corrección y honradez propios de
servidores de un tribunal eclesiástico.
El personal adscrito a los tribunales
se completaba con carceleros, alguaciles, un médico,
un capellán, que por regla general no podía atender espiritualmente
a los inculpados, a los que se solía negar el acceso a los Sacramentos;
los secretarios, normalmente en número de tres, que daban fe de
los bienes embargados al acusado, tomaban nota exacta de las declaraciones de
los reos y, en general, levantaban acta de cuantas deliberaciones y decisiones
tomaba el tribunal. Se ha dicho que lo más escalofriante en los procesos
inquisitoriales cuyos registros han llegado hasta nosotros es la impasibilidad
y objetividad con que el secretario recoge las exclamaciones, lamentos y declaraciones
entrecortadas de los acusados sometidos a tormento.
Había otras
figuras menores en cada tribunal que, en conjunto, llevaban a término
el proceso inquisitorial que, según la mayoría de
historiadores del Santo Oficio, funcionó casi siempre con
precisión y demostrando una organización que no se daba
en otras esferas de la administración española.
A.A.M.