Diego
Sánchez de Badajoz
Talavera la Real, finales del S.XV-¿1549?
Diego
Sánchez de Badajoz tal vez sea el autor que más y mejor incorpora
lo extremeño a la evolución del teatro. Su obra, reunida básicamente
en un tomo, se titula Recopilación en metro. Nació a finales
del siglo XV en Talavera la Real, localidad de la que fue párroco entre
1533 y 1549; tal vez se graduó bachiller en Salamanca, siendo muy importantes
sus vínculos teatrales con la ciudad de Badajoz, con su Catedral y con
la casa de los Duques de Feria; quizá murió en 1549. Es uno de
los dramaturgos más importantes de la primera mitad del siglo XVI.
De él
conservamos un volumen original de la Recopilación en
metro, edición que hizo su sobrino en 1554. Son
veintisiete obras que él mismo llama farsas;
faltan otras obras del mismo autor, los sermones y el Confisionario.
En la Recopilación en metro hay también otras
obras poéticas de índole diversa: Montería
espiritual, Matraca para jugadores, Danza en que todos
los pecados mortales danzan con nuestro padre Adán,
Romance de Nuestra Señora, Introito para pescadores,
Introito para herradores, etc. Son obras poéticas
que tienen menor importancia que las farsas.
Las
farsas se clasifican por temas: escribió doce que tratan sobre la Navidad,
diez sobre el Corpus, dos hablan de santos y cuatro de otros temas.
Las farsas de Diego Sánchez de Badajoz se basan
en el teatro medieval, litúrgico y primitivo; aprovecha todos los recursos
escénicos de su tiempo, (sayagués, métrica, tópicos,
etc.), pero está ausente el bucolismo y el erotismo. Entre las más
conocidas están la Farsa de la muerte y
la Farsa del molinero.
Estas obras tenían
una estructura tripartita: comienzan con el introito, a cargo del
pastor, continúan con el cuerpo dramático y se cierran
con un villancico, cantado por todos los personajes que han
intervenido.
El pastor que
aparece en las obras de Sánchez de Badajoz no es el mismo tipo
de los que aparecen en Juan del Encina, sino que es más
parecido a los medievales. Actúa como comentarista de los
temas teológicos, acercándolos al público rudo,
además lleva la carga cómica. Forma parte del teatro
como un elemento más, el público esperaba su aparición
en escena; en El Colmenero, obra en la que no aparece este
tipo dramático, es el mismo colmenero, que antes había
sido pastor. La tercera función del pastor es la de presentar
la obra, con el introito, momento en que explica los propósitos
morales y doctrinales de la obra, incluso la crítica social
que se hace, si la hay. Este pastor tan importante es una
singularidad de Diego Sánchez de Badajoz.
Las
aportaciones de Sánchez de Badajoz al teatro son importantes: presentó
pastores convencionales, cercanos al pueblo; supo representar con maestría
los temas teológicos; desarrolló la técnica de la alegoría
allanando el camino de los autos sacramentales e imprimió a todas sus
obras de un carácter cómico y satírico.
Sánchez de
Badajoz tenía una ética cristiana, pero también
una concepción del cristianismo muy alegre, de una piedad un
poco ingenua y popular. Censura algunos vicios y se pone del lado de
la ortodoxia cristiana, defendiendo una sociedad estática, los
hombres deben aceptar su posición social. Él es un
moralista, no un crítico social. Ataca a ricos y pobres cuando
se apartan de la moral cristiana, y a los embusteros, a los
calumniadores, a las mujeres que se pintan y están más
pendientes de su apariencia que de su recato, etc.
La lengua que
utiliza Sánchez de Badajoz es el sayagués, pero no duda
en incluir recursos de la lengua callejera, del latín
macarrónico (equívocos del pastor que no entiende latín
y lo traduce a su manera), incluso del portugués, que conocía
por la proximidad del país vecino. Utiliza coloquialismos,
expresiones populares, refranes y chascarrillos, lo que supone un
conocimiento del público al que van dirigidas estas obras.
También aparecen rasgos propios del extremeño.
El público
de las obras era el pueblo llano. Pero algunas son muy complicadas en
el terreno de la teología, por lo que se piensa que estaban
pensadas para ser representadas en la Catedral para adoctrinar a los
curas y predicadores de la región.
Casi todas las
farsas tienen entre tres y seis personajes. Probablemente eran
representadas por compañías en las que el dramaturgo
hacía el papel de pastor. Había otro hombre maduro
especializado en el papel de fraile o de otros personajes bíblicos.
Un tercer personaje se especializaba en los papeles de moro,
portugués, negro, etc., y hablaba con el lenguaje de jerga
propio del personaje que representaba. Los acompañaba un joven
que hacía los personajes femeninos o de criado, mozo, etc.
Casi todas las
obras se pueden representar con estos personajes; si hiciera falta
alguno más ya no sería profesional, pues los papeles
que representaría son los de menor entidad.
Los
personajes de estas farsas apenas tienen individualidad, no tienen una psicología
que los caracterice. Son tipos, abstracciones, casi siempre sin nombres propios,
designados por su profesión o por su condición: colmenero, marido,
mujer, soldado, labrador, pastor, etc. Lo importante es el dogma y el mensaje
que se lanza en la obra; no se representan conflictos humanos, sino principios
cristianos. Los personajes son vehículo de la ideología que se
quiere enseñar.
Dentro de este
esquema también entran los personajes alegóricos,
incluso el propio Dios, que nunca llega a salir a escena, pero está
en el diálogo de los demás personajes. Sí
aparecen, por ejemplo, Cristo, o la Virgen, los Ángeles. En el
lado opuesto aparece el Diablo. Otros personajes alegóricos
son Las Virtudes, La Fortaleza, La Prudencia, etc.
F.J.J.B.